Un siglo de ‘Fiesta’: el mito español de Hemingway que alumbró a la generación perdida

La primera novela del Nobel estadounidense, que en 1926 dio fama a los Sanfermines y nombre a su autor, sigue cautivando a los lectores.

  

Un grupo de amigas giris viajan desde París a los sanfermines y pasan los borrachos y los enredados. Sus excesos y bronces tienen lugar en un escenario, las fiestas de Pamplona, que se enfrenta a la violencia y al vacío existencial que las consume. Hay un chico, el narrador, y una chica que se gustan mucho, aunque la verdad es que todos están locos por ella. Son bastante diletantes, hijos de papá. Son malos. Arrastran otros traumas. No acaban de encontrar un sentido claro a sus vidas y tienen muchos problemas. Esta trama, que hoy daría para una buena historia, es la misma que ha ido machacando a los lectores de la primera novela de Ernest Hemingway (Chicago, 1899- Idaho, 1961), con la que conquistó a la crítica y reventó las ventas. Coronó a su autor como figura totémica de la literatura norteamericana del siglo XX, dio nombre a la disidencia que consumía a los jóvenes de entreguerras – «la generación perdida», como los llamó Gertrude Stein- y renovó el tópico español para extranjeros. Más información ‘ Un nuevo estilo’, de Mario Vargas LlosaConvertido en un clásico instantáneo desde su llegada a las librerías estadounidenses en octubre de 1926, el debut novelístico de Hemingway marcó un hito al convertir las técnicas narrativas modernistas en un fenómeno de masas en el mundo anglosajón. Nunca ha sido descatalogada y sigue siendo una de las grandes novelas estadounidenses del siglo XX. El título en Estados Unidos (The Sun Also Rises, El sol también sale) cambió a Fiesta (uno de los que manejaba el autor) en la edición inglesa de 1927. En español se publicó por primera vez en Argentina en 1944 y en la España franquista en 1948. La primera traducción fue bastante errónea y la crítica española no apreció la obra, pero la censura permitió su publicación, probablemente por la visión turística que presentaba. «El libro tuvo un efecto cataclísmico en el mundo anglosajón», dice el crítico y escritor Rodrigo Fresán, autor de Sol y sombra en Fiesta, un estudio sobre la novela de Hemingway que saldrá el próximo octubre en Debate, y que completa el trabajo que inició con El pequeño Gatsby, el ensayo que dedicó al mítico libro de Scott Fitzgerald. «Son obras gemelas en cierto modo, hacen una observación forense de la gente que se comporta mal. Pero en El gran Gatsby todavía beben champán, aún no ha llegado la resaca que Hemingway muestra en sus personajes. Y Fiesta también inaugura el turismo de aventura, y ese amor exagerado por España». La estructura y los diálogos de la novela tienen características modernistas, según Fresán. «Evelyn Waugh dijo que Hemingway tenía un talento sin igual transcribir las conversaciones de los borrachos». También con esas frases cortas casi sin adjetivos que marcaban un estilo seco, más acorde con la automatización del mundo moderno y el ritmo de nuestras vidas que con el roce barroco de generaciones anteriores. La novela de Fitzgerald hablaba de un mundo moderno, pero lo narraba de forma clásica. Hemingway, a quien el autor de Suave es la noche, apoyó presentando a su editor y ayudó a cortar Fiesta, rompió la baraja. Imagen de los toros en Pamplona hacia 1930. FPG (Getty Images) «Desde su llegada a París, Hemingway estaba dispuesto a dominar el mundo literario, pero los habitantes de aquel reino aún no estaban preparados para sucumbir», explica Lesley M. M. Blume, autora de Todo el mundo se porta mal, una estupenda y documentada crónica de la intrahistoria de Fiesta. «El autor y su novela son el resultado de una ambición sin mirar. «Fiesta es el cotilleo convertido en alta literatura», dice Blume en una llamada telefónica desde Los Ángeles. Aunque en París contó con el apoyo de Gertrude Stein y Ezra Pound y allí forjó su amistad con Fitzgerald, las revistas rechazaron sus relatos y su fama se resistió. Había arrancado tres novelas que no llegaron a nada, así que escribió crónicas para The Toronto Star y así llegó a las fiestas de Pamplona en 1923. Al año siguiente regresó con su primera mujer, Elizabeth Hadley, y varios escritores, entre ellos John Dos Passos y Roger McAlmon. En julio de 1925 volvió a las fiestas de Pamplona con otro grupo. Lo que inspiró la obra Lesley M. M. Blume fue la foto de todos ellos en una terraza de la ciudad de Navarra. Y resultó que los personajes de Fiesta apenas estaban disfrazados y correspondían fielmente a ese mismo círculo de americanos y británicos con los que Hemingway iba a jugar. Sólo la mujer del escritor quedó fuera de la historia, y hay otro detalle ficticio fundamental en la historia del libro: el narrador, alter ego del autor, es impotente por las heridas de guerra, mientras que Hemingway fue gravemente herido en el frente de Italia durante la Primera Guerra Mundial, cuando trabajaba como conductor de ambulancias. «Alguien que se convirtió en un icono hipermasculino jugó aquí con cierta ambigüedad para mejorar la historia», dice Blume. La bella Lady Brett Ashton de Fiesta era la aristócrata británica Lady Duff Twysden. Robert Cohn, el rico judío afincado en Princeton y tenista con el que empezó Fiesta era Harold Loeb – «Hemingway muestra un feroz antisemitismo con él», apunta Blume. El escritor de humor Bill Gorton era en realidad el escritor Donald Ogden Stewart (ganador de un Oscar por Historias de Filadelfia), quien tras leer la novela dijo que aquello no era ficción, sino un informe detallado de lo ocurrido en Pamplona y lo definió con ironía como «periodismo». La novia de Cohn, Frances Clyne, era Kitty Cannell, y hablaba de la vida B. S. y la vida A. S. (antes y después de Sun), dejando claro el estremecimiento que la novela tuvo en sus protagonistas reales, como dice Blume en su libro. Tras los Sanfermines de 1925, Hemingway siguió viajando por Valencia, Madrid y Hendaya con su mujer, mientras trasladaba a su novela todo lo sucedido en Pamplona. «Escribía en trance, tenía listo el primer borrador en septiembre. Cada insulto y salida de tono, cada afecto no correspondido se convertía en material literario», afirma Blume. No fue el primero en exponer cómo actuaban los extranjeros en París: el barrio latino era antes una caja de cristal donde se tiraban todas las piedras. La vida disoluta de quienes bebían mucho y compartían cama con quienes no debían no era la primera vez, pero Hemingway lo hacía de otra manera. ¿Su secreto? «Comprendió algo más profundo sobre la condición humana, el anhelo y la nostalgia. Hay una decadencia que se refiere a una generación que perdió la brújula moral. Y con este libro consiguió complacer a todo el público».

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Un grupo de amigas que son giris viajan de París a los borrachos, los sanfermines y el paso enredado. Sus excesos y bronces tienen lugar en un escenario, las fiestas de Pamplona, sometidas al vacío existencial y a la violencia. Hay un chico, el narrador, y una chica que se gustan mucho, aunque la verdad es que todos están locos por ella. Son bastante cínicos, los hijos de papá. Son terribles. Arrastran algún otro trauma. Tienen muchos problemas y no acaban de aclararse. Esta trama, que hoy daría para un buen cuento, es la misma que ha ido enganchando a los lectores de la primera novela de Ernest Hemingway (Chicago, 1899- Idaho, 1961), con la que conquistó a la crítica y reventó las ventas. Coronó a su autor como figura totémica de la literatura norteamericana del siglo XX, dio nombre a la disidencia que consumía a los jóvenes de entreguerras – «la generación perdida», como los llamó Gertrude Stein- y renovó el tópico español de los extranjeros. Seguir leyendo

 

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