Bienvenidos al planeta Hamnet

La exitosa novela de Maggie O’Farrell, ahora adaptada al cine y al teatro, se inspiró en la muerte del hijo de Shakespeare. Un cuento que rescata a Anne Hathaway de las cenizas de la historia

  

Hace unos años, cuando la escritora Maggie O’Farrell investigaba la vida familiar de Shakespeare, tropezó con un estudio de uno de sus principales especialistas, que incluía una frase que le causó conmoción. Afirmó: «Es imposible decir si Shakespeare lloró la pérdida de su hijo». Al leerla, O’Farrell sintió «ganas de tirar el libro por la ventana», según confesó a principios de este mes en una entrevista en el medio Creative Screenwriting. Ante eso, O’Farrell recordó lo obvio: Shakespeare -que describió la condición humana como pocas- también era un ser humano capaz de sentirse devastado por la muerte de su hijo real llamado Hamnet. Más información La vida detrás de la literatura La furia de O’Farrell fue quizá una de las principales fuentes de energía de Hamnet, novela publicada en 2020 que narra la historia de un mito que fue, en realidad, un hombre de carne y hueso, la de su amado hijo, muerto con once hermosos años, y la de una mujer semianalfabeta y sabia, esposa y madre del primero, que soporta el peso de la organización y el aliento de la vida de ambos, además de la suya propia, y la de otros hijos. Años después de su publicación, esta historia marcada por la muerte de un niño, sigue su camino. Libros del Asteroide, que cuenta con más de 200. 000 ejemplares vendidos por Hamnet, ha publicado recientemente una versión ilustrada por Laura Agustí. Tras triunfar en el West End londinense, en febrero la Shakespeare Theatre Company inició su gira Hamnet por Estados Unidos, dirigida por la directora Erica Whyman, a partir de una versión de la novela a cargo de la dramaturga Lolita Chakrabarti (que consiguió adaptar la vida de Pi al teatro). Y el próximo viernes llega la película de Chloé Zhao basada en el libro de O’Farrell -en la que ella misma participa como guionista- protagonizada por Jessie Buckley (Agnes), Noah Jupe (Hamnet) y Paul Mescal (el padre de éste), que ganó hace unos días seis Globos de Oro y va como un tiro en el camino del Oscar. Chloé Zhao y Maggie O’Farrell en una sesión de fotos de ‘ Hamnet ‘ en diciembre de 2025, en Londres. Joe Maher (que es un genetty, que es una criatura que crece, pero es una criatura). Luis Solano, director de Libros del Asteroide, no lo duda. En Hamnet, Agnes / Anna Shakespeare ilumina este drama de hace siglos de una manera inesperada. «Es un personaje muy moderno, avanzado a su tiempo, independiente, muy poderoso, nada sumiso». Eusebio de Lorenzo, director del Departamento de Estudios Ingleses de la UCM y especialista en literatura shakesperiana, está de acuerdo. Es un punto de vista nuevo, rompedor. «O’Farrell ha explicado en numerosas ocasiones que con Hamnet quería rescatar la figura de Anne Hathaway, la esposa de Shakespeare, de las representaciones negativas que aparecen en las biografías del bardo». Porque hay decenas de estudios biográficos de Shakespeare, pero sólo nada sobre Anne Hathaway, apenas un volumen publicado por la escritora feminista británica Germaine Greer en 2007 titulado Shakespeare’s Wife, y alguno más, por lo que «es muy interesante constatar que lo que no ha conseguido la crítica y el mundo académico con Shakespeare (darnos un retrato de la familia real detrás del icono), lo consiga un novelista», según De Lorenz. En torno a esa compleja figura materna, llena de capas y alejada del tópico -presente en ensayos, novelas o películas recientes-, O’Farrell vehicula y rescata voces inauditas, marginadas o silenciadas, centrándose en los márgenes de la historia oficial, en figuras anónimas en torno a un icono creado póstumamente por la crítica occidental. Según De Lorenzo, la ruptura de la obra es que pone el foco en lo cotidiano, en lo anónimo, transmitiendo también la devastación del dolor por el niño que muere no como un mero dato estadístico a pie de página, sino «con un naturalismo emocional que nada tiene que ver con la aproximación habitual a la época a través de monarcas, guerras de religión o intrigas políticas». Ficción pagada con ficciónOtro aspecto del fenómeno Hamnet es el interés que sigue suscitando Shakespeare. «Es posible que el público no especializado sólo lo perciba como un teatro clásico, sin más», dice. Sin embargo, en el mundo anglosajón Shakespeare es una industria en toda regla: publicaciones académicas, asociaciones y conferencias universitarias, y constantes representaciones teatrales en festivales de todo el mundo», afirma De Lorenzo. Está claro que en la versión ficticia de la familia de Shakespeare, el autor británico da cuerpo y voz a quienes estaban en el corazón pero estaban invisibilizados, convirtiendo, de arriba abajo y de fuera a dentro, a un drama de amor y duelo. Y eso es una corrección indomable de la ficción pagada con ficción. Más allá del dolor, el nombre de las personas y las cosas es otra cuestión importante. Para O’Farrell no es casual que el hijo muerto Hamnet y el personaje Hamlet se llamen casi igual, cuando además la ortografía y pronunciación de la época no estaban normalizadas. Pero en esta opinión de Lorenzo discrepa, y explica que la historia del príncipe de Dinamarca ya la narra Saxo Grammaticus en el siglo XIII, «y ya existe Amleth», que el autor francés François de Belleforest publicó en 1570 la historia de Hamlet versionada en francés a partir de la fuente medieval de Saxo Grammaticus, y que hubo otra obra (hoy perdida) en la Inglaterra de Isabex con el título Hamlet puesta en escena a principios de la década de 1590 y no escrita por Shakespeare. Así pues, «la asociación consciente por Shakespeare del príncipe Hamlet con el nombre de su propio hijo es históricamente insostenible». Aunque en la ficción y en la novela funciona perfectamente», concluye. En cualquier caso, lo que hace la obra de O’Farrell y sus posteriores ampliaciones es describir lo innombrable, la muerte de un niño, y devolver a la destrucción la fuerza de la palabra y del arte. Porque en Hamnet se observa que el niño muerto vive en Hamlet, pero además Judith, la gemela del difunto, es violada por su madre que sabe que si estás casada y muere tu marido, te llaman viuda, y que si muere un niño, los padres los llaman huérfanos. Y le pregunta cómo se llama la hermana gemela de la difunta, a lo que su madre -que tanto sabe- se queda sin respuesta. Y sobre todo, no hay rastro del grandísimo nombre de William Shakespeare en favor de su luminosa figura poliédrica de hijo, hermano, latinista, amante, marido, autor teatral, cuñado, amigo, vecino y padre desconsolado.

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Cuando la escritora Maggie O’Farrell investigaba hace unos años la vida familiar de Shakespeare, se topó con un estudio de uno de sus principales estudiosos, que contenía una frase que conmocionó al público. Afirmó: «Es imposible decir si Shakespeare lloró la pérdida de su hijo». O’Farrell admitió a principios de este mes en una entrevista en el medio Creative Screenwriting que sentía «ganas de tirar el libro por la ventana». A la luz de ello, O’Farrell dejó claro que Shakespeare, que tenía fama de describir la condición humana como unos pocos, también fue capaz de sentir la destrucción causada por el fallecimiento de su hijo real Hamnet. Seguir leyendo

 

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