Una nueva herida: Miguel Hernández, escritos inéditos de guerra

Un libro recupera artículos periodísticos del autor para conocer más a fondo la Guerra Civil

  

Pocos meses antes del final de la Guerra Civil, Miguel Hernández había terminado su último libro, El hombre pasa, que no vería la luz en España hasta 1981. Desde entonces, su figura y su obra, tanto dentro como fuera de España, no han dejado de crecer. Una de las facetas más reveladoras, aún por explorar, sigue siendo su labor periodística durante la contienda. Se trata de una serie de escritos, apenas conocidos hoy de forma fragmentaria, inseparables de su compromiso y obra poética, que muestran el verdadero alcance de la herida con la que Hernández sintió la guerra. No en vano, su trabajo como reportero en el frente acabaría costándole la vida. Un libro, con estudio introductorio y notas de Joaquín Riera Ginestar, recupera ahora más de treinta y cinco artículos suyos inéditos, e identifica también aquellos otros que el poeta de Orihuela había escrito bajo seudónimo. El resultado es la satisfacción de ver completa una obra que ilumina su poesía y abre una ventana a la historia social de la propia Guerra Civil. Una oda al lenguaje, a las costumbres, a las vivencias populares que encarnaron el rostro del joven Ejército Popular de la República. A diferencia de otros muchos escritores de la época que firmaron crónicas desde el frente, José María Pemán o Manuel Chaves Nogales, por citar sólo dos ejemplos opuestos, Hernández estuvo allí. Tras ser movilizado en Madrid por el Quinto Regimiento del Partido Comunista, donde sufre el primer ataque frontal a la ciudad, los bombardeos y combates en la Carretera de la Coruña continúan gran parte de la guerra en los frentes secundarios del interior. Aquellos donde nunca pasa nada, pero donde se decide todo. Avanza con bastante rapidez por las carreteras de Andalucía Oriental, donde asiste al asedio republicano al Santuario de la Virgen de la Cabeza (Andújar, Jaén). Uno de los escritos inéditos de Miguel Hernández. Diputación de JaénUno de los primeros episodios que narra con detalle y del que se conserva numerosa correspondencia con los combatientes. Pasa luego a Extremadura, donde se concentró en los alrededores de Castuera, para reemprender la marcha hacia Aragón. Pronto su voz cruzaría las líneas enemigas a través del servicio de altavoces del frente. Miguel, «ruiseñor entre fusiles», tiene un claro papel de intelectual entre todos los poderes que ostenta el Comisario de Guerra desde su creación. Y encuentra un formato, el periodístico, que le permite desplegar su prosa humana para describir los horrores de la guerra, acusando directamente al enemigo y a sus partidarios extranjeros, al tiempo que vigila la línea ideológica de las distintas publicaciones de cada batallón. Todo lo que escribe se convierte en un arma, un dique contra la propaganda enemiga que busca y consigue, poco a poco, extender la desmoralización, forzar el abandono y la deserción entre las filas republicanas. Nadie como Hernández cuenta el sufrimiento, el vacío y el dolor de la guerra. Comparte condición con miles de hombres que han pasado de ser niños unidos a soldados campesinos, son la única fuente de sustento de familias enteras que esperan empobrecidas su regreso. Desertores en potencia, combatientes desmotivados que escuchan las promesas franquistas que llegan por la radio o que adivinan entre las pocas cartas que, meses atrás, enviaron desde el pueblo. A estos soldados frágiles e improvisados, en alpargatas, inexpertos, sin apenas entrenamiento ni armas modernas, se dirige Miguel Hernández, quien, a diferencia de otros comisarios políticos, no replica con la consigna, sino desde la inmensidad de su alma. «No podemos ser víctimas de nuestro rencor», les dice, porque, como ellos, sueña con volver a su huerto y a su higuera. Es lo único que tienen, pero tienen que defenderlo con las armas. Otro texto que se incluye en la publicación «El hombre acecha al hombre». Diputación de JAEN A pesar de todo y de todos, Miguel no puede tapar el hambre y las divisiones internas que sufren a diario. Tampoco oculta el abandono internacional y la inoperancia militar que acabarán siendo decisivos para que la guerra comience a perderse desde finales de 1937. Tras la batalla de Teruel, que duró hasta febrero de 1938, y que en principio le fue favorable, la ofensiva franquista sobre Aragón terminaría con las tropas rebeldes alcanzando el Mediterráneo y partiendo en dos la zona republicana a la altura de Castellón. La llegada al mar no sólo aisló y separó el territorio gubernamental, sino que acabó con la esperanza del millón de soldados que habían conseguido organizarse y levantarse en defensa de la República. El impacto de este prolongado esfuerzo sobrehumano fue letal. «El poeta es el soldado más herido en esta guerra de España. Mi sangre aún no ha caído en las trincheras, pero cae cada día en ellas, se derrama desde hace más de un año hasta donde nadie la ve ni la escucha, si es que no grita en medio de ella», escribe un Hernández exhausto y hundido. A partir de ese momento, no puede continuar en el frente y queda adscrito a la Escuela de Oficiales de la localidad valenciana de Albalat dels Sorells. Su trabajo en el economato desde el comienzo de la guerra, acaba provocándole un fuerte estrés militar del que no puede salir. Visiblemente enfermo, ingresa, en la primavera de ese mismo año, en un sanatorio. Poco después, es trasladado a un área de descanso en Benicássim, donde coincide por primera vez con Buero Vallejo, una de las pocas alegrías de aquellos días. Pero el reposo no era suficiente tratamiento para una enfermedad autoinmune con problemas respiratorios. Una situación que se agravó con la temprana muerte de su primer hijo, en octubre de ese mismo año, tras la cual Hernández cerraría definitivamente su actividad como informador y periodista de guerra. Artículo de Miguel Hernández: ‘ La rendición de la Cabeza’. Ministerio de Cultura En este difícil momento, su familia y la incertidumbre sobre el final de la guerra también están presentes. Necesitaba creer, como tantos otros, que no le pasaría nada porque no tenía las manos manchadas de sangre. Volvió a su casa, a su huerto y a su higuera. Pero, como sabía, el hombre acecha. La guerra había producido animales. Una tragedia colectiva que pocos vivieron y consiguieron transmitir como el propio Miguel Hernández, que a lo largo de estos dos años reflejó su terrible visión de una España desangrada. La muerte de los soldados en las trincheras, de las mujeres, los niños y los ancianos en la retaguardia, bajo la metralla y las bombas, le perseguiría a él y a toda su generación. A pesar de la cantidad de tiempo invertido, su lectura sigue conjurando el corazón.

 Feed MRSS-S Noticias

Miguel Hernández había terminado su último libro, El hombre sucede, pocos meses antes del final de la Guerra Civil, pero no fue hasta 1981 cuando se dio cuenta de que sería muy leído en España. Desde entonces, su reputación y su obra, tanto a nivel nacional como internacional, han crecido aún más. Una de las facetas más reveladoras, aún por explorar, sigue siendo su labor periodística durante el conflicto. Se trata de una colección de escritos, apenas conocidos hoy de forma fragmentaria, que son inseparables de su devoción y escritura poética, que revelan la verdadera profundidad de la herida de Hernández durante la guerra. No en vano, su labor como reportero frentista acabaría costándole la vida. Un libro que incluye introducción y notas de Joaqun Riera Ginestar recupera ahora más de treinta y cinco de sus artículos inéditos y enumera el resto de artículos que el poeta de Orihuela había escrito bajo seudónimos. El resultado final es la satisfacción de ver terminada una obra de arte que ilumina su poesía y abre una ventana a la historia social de la propia Guerra Civil. Una oda al lenguaje, a las costumbres, a las vivencias populares que encarnaban el rostro del joven Ejército Popular de la República. Seguir leyendo

 

De interés similar