La exposición «La captura de los tiempos» reúne en Madrid más de un centenar de fotos que el autor tomó con su móvil y las pone en diálogo con las fotografías de Toni Catany.
Hay imágenes que intentan dejar pasar el tiempo. Y hay otros que, precisamente porque saben que no pueden hacerlo, se convierten en una forma de contemplarlo. En torno a esta idea gira «La captura de los instantes / La captura del tiempo», la exposición que inaugura este miércoles la temporada cultural de la Delegación del Gobierno de la Generalitat de Cataluña en Madrid, y que contrapone dos formas de fotografiar: la del expresidente catalán Pasqual Maragall y la del fotógrafo Toni Catany. Más de un centenar de imágenes tomadas por Maragall con su teléfono móvil entre 2007 y 2010 (cuando le diagnosticaron Alzheimer) ocupan las salas junto a las instantáneas de Catany, amigo personal del primero y uno de los grandes nombres de la fotografía española. No se trata tanto de un diálogo entre un profesional y un aficionado, como de un encuentro entre dos formas de observar y de relacionarse con la memoria. Maragall comenzó a fotografiar de forma espontánea, sin una gran cámara y sin la intención de crear una obra. «Mi padre empezó a hacerlas con su móvil. Simplemente quería conservar momentos que le parecían importantes», explica su hija Cristina Maragall, al referirse a muchas de las imágenes, sobre las que señala: «Esas fotografías acabaron convirtiéndose en otra cosa». Era una forma de hacer terapia y, al mismo tiempo, un diario». La intimidad retratada. El contexto confiere a las imágenes una dimensión especialmente íntima. Con la ayuda de las cataratas, Maragall encontró el valor para mantener abiertos sus propios ojos. «El recuerdo que quedará de lo que vio son estas imágenes», señala su hija. Algunas se rescataron cuando Carles Bosch, director del documental sobre el alzhéimer de Maragall *Bicicleta, cuchara, manzana*, le pidió al artista que las conservara porque tenían valor. Imágenes de la exposición «La captura del tiempo», de Pasqual Maragall y Toni Catany, en Madrid, el 9 de septiembre de 2026.. Miquel Vera Ligero / ACN2 Para Cristina Maragall, detrás de esa práctica también había un deseo de permanencia: «Era una forma de no olvidarse de sí mismo, había una voluntad de permanecer, de significar». Sus fotografías muestran una mirada «crítica, política, irónica» que se mueve entre la calle y la intimidad familiar. Hay imágenes de sus cinco nietos, de su mujer, de escenas cotidianas, de basura en la calle, de calles, de objetos, de rincones. «Hay fotos de mi madre que son muy emotivas», confiesa su hija en la exposición, que podrá visitarse hasta el 28 de noviembre en el Centre Cultural-Llibreria Blanquerna de Madrid. Maragall también comentó las fotografías y dejó sus propias notas: el resultado es un archivo personal compuesto por cientos de imágenes que, más allá de su valor familiar, funcionan como retrato de una época. La otra cara de la imagen la aporta Toni Catany, cuya fotografía introduce una mirada más reflexiva sobre el paso del tiempo, la memoria y la huella de las cosas. La elección del mallorquín para que sus imágenes compartan espacio con las de Maragall no es casual. Su amistad con el político surgió precisamente de la curiosidad de Maragall por conocer la vida cotidiana de los barrios: llegó a dormir en casas de vecinos y, en la década de los 80, se alojó en casa de Catany. De ese encuentro surgió una relación que hoy nos permite establecer este diálogo entre sus imágenes. Uno de los comisarios, Toni Grau, destaca el nexo común entre ambos: «El origen de todo es la memoria». Desde la perspectiva del mundo del arte, intentamos explicar en qué consiste esto de la memoria. Cristina Maragall, hija del primero y presidenta de la Fundación Pasqual Maragall, el 9 de septiembre de 2026 en Madrid. Miquel Vera Ligero / ACN2La exposición, organizada por la Fundació Pasqual Maragall y la Fundació Toni Catany, incorpora también objetos personales del artista y pretende acercar ambos universos. «Queremos acercaros el mundo de Catany y Maragall a través de su amistad», afirma el comisario. A su lado, en un escaparate, se podía observar el viejo Nokia con el teclado desgastado con el que Maragall tomaba sus fotografías. También hay un punto de conexión inesperado con la cultura visual contemporánea. El comisario considera que Maragall fue «un pionero del selfi», aunque él utilizaba otro término: «autofotos». Hay todo tipo de imágenes en las que el político se fotografiaba a sí mismo. Catany también practicaba el autorretrato frente a espejos, y la exposición establece un diálogo entre estas dos formas de mirarse a uno mismo. Catany los denominaba «autorretratos de y». Imágenes de la exposición «La captura del tiempo», de Pasqual Maragall y Toni Catany, en Madrid. La exposición «La captura de los tiempos» es más que una simple muestra de Maragall o una selección de fotografías; es una reflexión sobre lo que elegimos conservar y lo que ocurre cuando esas imágenes sobreviven a nuestra propia memoria, aunque estén dañadas. «Mi padre está bien», concluye Cristina Maragall. «Le diagnosticaron hace ya veinte años, ahora tiene 85 y, obviamente, se le nota la edad. Ahora es muy dependiente, pero vive tranquilo: escucha música, sigue adelante», dice, junto a una fotografía familiar de los Maragall. El político se hacía fotos para conservar su presente. Hoy son esas fotografías las que nos permiten recuperar una parte de su memoria.
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Hay imágenes que se esfuerzan por detener el tiempo. Y hay otras que transforman su perspectiva en una forma de mirarlo simplemente porque saben que no pueden hacerlo. La exposición que inaugura este miércoles la temporada cultural de la Delegación del Gobierno de la Generalitat de Cataluña en Madrid, en la que se presentan dos formas diferentes de fotografiar —la del expresidente catalán Pasqual Maragall y la del fotógrafo Toni Catany—, se inspira en este concepto: la captura del «temps» o la captura del tiempo. Sigue leyendo.
