Edgar Morin: Resistente de todas las barbaries

Para el filósofo francés, el papel de los intelectuales era utilizar los libros y los periódicos para transformarlos en ámbitos donde pudiera establecerse la discusión contemporánea.

  

El mediodía en que murió Francisco Ayala, el 3 de noviembre de 2011, a los 103 años, Edgar Morin (8 de julio de 1921) explicaba a EL PAÍS la razón de ser de su propia vida. Era entonces un hombre que veía lejos ese campo minado que es la vida. Le sorprendió que fuera a la vez la época de Ayala, entonces un milagroso superviviente que conservaba su lucidez como una estrella. Ahora, un año más viejo que los de Ayala, el que parecía fruto de un milagro como el que mantenía lúcida a la veterana colega suya. Ya es inmortal lo que Ayala dijo de la vida, que le llevó al exilio, y lo que Edgar Morín dijo, por ejemplo, en aquella entrevista que nos concedió en noviembre de 2009 en un campamento de la Universidad Complutense. Cuando se describió así por primera vez en la historia, siguió haciéndolo para siempre: «Soy francés, mediterráneo, europeo, judío, ciudadano del mundo». Tengo varias identidades que existen en armonía en mi corazón y en mi mente». Y lo sigue siendo, le dijimos entonces, resistes. «Sí, seguiré siendo resistente a todas las barbaries». Más información iba ahora en medio de las diferentes barbaries de estas vidas. Nuccio Ordine, el gran filósofo italiano, que se fue de repente hace tres años, le preguntó para Il Corriere della Sera (y reprodujo EL PAIS) sobre el futuro y la pandemia. Leer, escuchar música, admirar obras de arte, ¿será la mejor manera de cultivar la humanidad? «Sin duda», dijo Morin, «algo habremos aprendido en estos tiempos de pandemia si somos capaces de redescubrir y cultivar los verdaderos valores de la vida: el amor, la amistad, la fraternidad, la solidaridad». Eran sus valores esenciales, «los conocemos desde siempre y, por desgracia, acabamos por olvidarlos». Nos dijo cuando empezamos a hablar en los albores del presente siglo: «El planeta Tierra conoció en el pasado catástrofes naturales, como el fin del Tiempo Primario, que supuso la destrucción del 95% de las especies vivas. . . Terremotos, meteoritos que caen sobre el planeta. . . La novedad es que hoy se avecina una catástrofe del propio desarrollo humano. El calentamiento climático no es la cuestión más importante, sino la degradación de la naturaleza que ponemos en peligro, los procesos que conducen a la catástrofe y, en cualquier caso, al desastre. . . No se puede seguir mucho tiempo por este camino, que es el camino del cambio». Emilio Lledó, el maestro de la filosofía, había dicho entonces que había un poco de no en todo y no había un poco de sí en todo. Edgar Morin también había dicho que frente a la verdad no hay error sino otra verdad. «Es como en el tarot chino: están el yin y el yang, dos principios opuestos complementarios, pero también dice el tarot que el gran yang tiene un pequeño yin. . . Me gustan esas fórmulas». Era hora de volver a la política. Para él, el papel de los intelectuales consistía en utilizar los libros y los periódicos para convertirlos en ámbitos donde establecer un debate contemporáneo. «Es mejor que dejar que la noche se llene de partidos de televisión. . «. Era una época (todavía lo es, tal vez más) en la que «se había producido una degradación del mundo de los intelectuales. Hay una esclerosis académica. . . Muchos se han equivocado demasiado en el pasado. ¡Pensar que la Unión Soviética era una tierra de libertad era una falta de conocimiento y formación muy grande! Hay que reformarlo todo, la economía, la sociedad, la educación, el pensamiento, la vida misma, y también es hora de reformar la ética. El comportamiento desinteresado y responsable es muy escaso en la vida. Y eso es algo fundamental para mí». Era el más fuerte entre todos los bárbaros. Parecía inmortal. Y era un amante del futuro y del optimismo.

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Edgar Morin (8 de julio de 1921) explicaba a EL PAÍS la razón de ser de su propia vida en el momento en que Francisco Ayala fallecía el 3 de noviembre de 2011. Era entonces un hombre que había visto de lejos el campo minado que es la vida. Le sorprendió que fuera a la vez el tiempo de Ayala y un milagroso superviviente que mantuvo su lucidez como una estrella. El que parecía ser el producto de un milagro como el que mantuvo lúcido a aquel veterano colega suyo cuenta ahora con un año más que los de Ayala. Seguir leyendo

 

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