En los dominios del Lobo

El viejo Alquimista de Benfica creó aquellas embriagadoras flores de ruina que iban surgiendo como sin él en aquel decadente garaje del centro de Lisboa. Le gustaba llamarla la obra literaria «malgré moi», como a él le gustaba llamarla.

  

No eran, aunque lo fueran, meras letras, palabras, líneas, párrafos, páginas, libros. Eran maravillosos. Los sacaba de las minas subterráneas de su noble pero cruel imaginación, el personal primero, el literario después, y finalmente el de las frustraciones de lo que hacíamos y las frustraciones por lo que ya no podemos hacer. En aquel garaje decadente de la Rúa Gonçalves Crespo, en el centro de Lisboa, garaje reconvertido en estudio de un pintor, a la sazón su primo Joseph, miraba aquella mesa de dibujo, fumándose un gitano tras otro, rodeado de plumillas, plumiles, música jazz y cachyvaches selváticos, António – éramos amigos, para que António, o querido António, o incluso joder, António, qué mal te sale joder cuando quieres – el viejo alquimista del Benfica hacía el camino a esos borrachos, como salían con los azules, como salían con los azules, como salían con los azules, como salían con los azules, como salían con los azules, como salían con los azules, como salían con los azules, como salían con los azules, como salían con los azules, como salían con los azules, como salían con los azules, como salían con los azules, como salían con los azules, como salían con los azules, como salían con los azules, como salían con los azules, como salían con los azules, como salían con los azules, como salían con los azules, como salían con los azules, como salían con los azules, como salían con los azules, como salían con los azules, como salían con los azules, como salían con los azules. Literatura malgré moi, le gustaba llamarla. Mentiras, por supuesto. Sólo había que ver esos papeles enormes y pequeños en los que escribía, como el cartón de los trabajos manuales, pero en mayor, en los que llevaba, en los que pisaba, sobre los que juraba en hebreo cuando no encontraba la frase, la gema, esos papeles de los que iba, y a los que volvía, incansable, obsesivamente, y en los que no tenía tiempo ni límite, menos a las seis, como en Lisboa, cuando él y su primo iban un rato a merendarse al bar de enfrente. ¿Era eso una novela? O llamémoslo esas habitaciones estrechas, del color del musgo y el olor de una casa encantada, donde primaban la infancia rescatada, las brutalidades de la guerra colonial (fue comandante del ejército portugués en Angola) y sus repercusiones psicológicas (Lobo era psiquiatra, eso ayudaba), la omnipresencia de la muerte y la persistencia de la memoria. Lobo no ponía puntos, hacía párrafos de una dimensión maratoniana, frases que parecían no tener fin, pero vaya si lo tenían, mostrándose el signo no obligatorio de puntuación llamado «punto» para inclinarse y cerrarse, para terminar sus velas, para sentirse, para ser, para to be, like, to be, to be, like, to be, to be, like, to be, to be, like, to be, to be, like, to be, to be, to be, like, to be, to be, like, to be, like, to be, like, to They used to have a 500-page thing, like this, in a vein, and the titles were a dream prodigy, although they were not always yours, of banal people like Dylan Thomas or go know who: Tratado de las pasiones del alma, El orden natural de las cosas, Exhortación a los cocodrilos, No entres tan deprisa en esa noche oscura, No es medianoche quien quiere. . . o directamente descriptivo, véase En el culo del mundo, prodigioso libro de 1979 que no conocimos en España -gracias a las buenas artes de Jacobo Fitz- James Stuart y Martínez de Irujo, alias Jacobo Siruela, y su equipo de colaboradores- hasta 2001. Fue en ese 2001 cuando el editor decidió no sólo seguir sacando los rescates de este eterno candidato al Nobel que nunca ganó el Nobel para vergüenza de los Nobel (una vieja tradición de injusticias, que se lo digan a Borges, Kafka, Joyce, Virginia Woolf, Tolstoi, Proust, jajajajaja, si no quiere hacerlo (no creo que no quiera hacerlo). «Me cago en el Nobel», dijo Lobo sin decir nada. Debido a que no expresó su frustración con José Saramago, la otra glorificación portugués, siendo claro y cristalino que no podía, y parece que todo lo contrario. Por el camino de malgré moi (mentira), dijo, no sólo siguió editando Lobo Antunes, sino que en ese año tomó la decisión de dedicarle una biblioteca, la Biblioteca Lobo Antunes, libros-objeto editados con primicia, joyas de millones de páginas, fábricas de placer, fuentes de sueño, penas de papel, etcétera. Entonces Lobo dejó a Siruela y se fue a Random House, cosas de la vida, cosas de la literatura, cosas del dinero, en un historial que se parecía bastante al de esos futbolistas que se han criado en la cantera y que, una vez devueltos a estrellas, se van a un superclub forrado. No está claro que, más allá de la crematística, Lobo se sintiera completamente orgulloso de su decisión. Nunca lo sabremos.

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Aunque lo fueran, no eran sólo letras, palabras, líneas, párrafos, páginas, libros. Fueron excelentes. Los fue extrayendo de las minas subterráneas de su fecunda pero cruel imaginación, el pentagrama primero, el literario después, y finalmente aquel donde se revelaban las frustraciones de lo que hicimos y las frustraciones para que ya no podamos hacer. Seguir leyendo

 

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