Gertrudis Gómez de Avellaneda: Un cuerpo que yace y una literatura que resuena

Gertrudis Gómez de Avellaneda sigue siendo una figura que desbordó las fronteras de su tiempo en la memoria cultural de Cuba y España. El 1 de febrero de 1873, en el domicilio madrileño de Ferraz 2, cuando la muerte la sorprendió en Madrid, su obra literaria la inmortalizó. La Avellaneda no miente: resuena 153 años después de su muerte. . En Cubadebate se publicó el artículo Gertrudis Gómez de Avellaneda: Un cuerpo que miente y una literatura que resuena se publicó primero en Cubadebate.

 

Gertrudis Gómez de Avellaneda sigue siendo una figura que desbordó las fronteras de su tiempo en la memoria cultural de Cuba y España. El 1 de febrero de 1873, en el domicilio madrileño de Ferraz 2, cuando la muerte la sorprendió en Madrid, su obra literaria la inmortalizó. La Avellaneda no miente: resuena 153 años después de su muerte. . On Cubadebate, the article Gertrudis Gómez de Avellaneda: Un cuerpo que miente y una literatura que resuena apareció primero.

  

Gertrudis Gómez de Avellaneda. En la memoria cultural de Cuba y España, Gertrudis Gómez de Avellaneda sigue siendo una figura que desbordó los límites de su tiempo. Nacida en Camagüey en 1814, «Tula», como la llamaban sus vecinos, se convirtió en «La Peregrina» de las letras hispanoamericanas. Una mujer que, a través de la poesía, la novela y el teatro, se atrevió a desafiar las estructuras patriarcales y las cadenas de la esclavitud. Su vida fue un tránsito entre geografías y pasiones: La Coruña, Sevilla, Madrid, Burdeos, París, Nueva York, y finalmente de vuelta a Cuba, donde fue recibida con honores tras más de dos décadas de ausencia. En cada ciudad dejó huella, estrenando dramas como Leoncia o escribiendo novelas que disgustaron a los censores de la época, como Sab, considerada la primera novela antiesclavista de la lengua española. Con su ojo crítico, José Martí la llamó «grande audaz». Y no era para menos: Avellaneda no aceptaba la sumisión ni la humildad como destino femenino. Sus personajes -Carlota, Teresa, Catalina- hablaron con voz propia, denunciaron injusticias y reclamaron un lugar en la historia. Su obra fue un espejo incómodo para una sociedad que prefería a las mujeres tímidas y silenciosas. La espiritualidad de Avellaneda, acentuada tras la muerte en 1863 de su segundo marido, Domingo Verdugo, se convirtió en un refugio severo y místico. Pero incluso en esa entrega casi religiosa se percibía la fuerza de una mujer que había vivido intensamente, que había amado y sufrido, y que nunca dejó de escribir con la energía de quienes se saben destinados a trascender. Murió en Madrid el 1 de febrero de 1873, a los 58 años, y sus restos descansan en Sevilla. Sin embargo, su voz sigue viva: la de un escritor monumental que puso en el centro de sus obras a los pobres de la tierra, a los esclavos, a las mujeres, a los rebeldes. Inscripción en la tumba sevillana de «La Peregrina». Foto: Archivo / CubadebateLa Avellaneda fue más que una poeta romántica: fue pionera del feminismo, pionera de la novela hispanoamericana y símbolo de una aportación que aún hoy inspira. Su legado sirve para recordar que la literatura no es sólo un ejercicio estético, sino también una forma de resistencia y de creencia en la dignidad humana. Y en esa certeza, su espíritu se enlaza con el nuestro: el de quienes creen que la palabra puede transformar la memoria colectiva en un canto de libertad. En el eco de las palabras de Dulce María Loynaz, la Avellaneda se erige como una figura doblemente real: auténtica y aristocrática, enaltecedora y herida, con esa conciencia inmóvil de su destino que ni la tristeza ni el desprecio podrían quebrar. Loynaz, nuestra única mujer Premio Cervantes de Literatura, la reconoce hermana en la desgracia y en la grandeza. La describe como alguien que se ve en un espejo, con una flor en una mano y un látigo en la otra, con ternura y rigor, a pesar de que la literatura es compromiso y no ornamento. La crítica de Loynaz es un canto a la justicia: denuncia el «injusto, inexplicable desprecio» que se transmitió como amarga herencia de generación en generación. Ese silencio, que quiso borrar la cubanidad de los Avellaneda, se convierte hoy en un agravio que ya no resuena. ¿Qué otra cosa podía hacer una mujer que escribió la primera novela antiesclavista, que dio voz a los marginados, que rompió los moldes de su género? ¿Qué otra cosa podía hacer, sino vivir y escribir con la fuerza de quien se sabe destinado a la eternidad? Según Loynaz, la Avellaneda era una reina inquietante, exótica, de mirada fulgurante y palabra inimitable. Su realeza no era de coronas ni tronos, sino de conciencia y voz. Una realeza incómoda porque no aceptaba los límites de lo femenino ni las cadenas de lo colonial. Y cuando la muerte la sorprendió en Madrid aquella fatídica mañana del 1 de febrero de 1873 en su residencia madrileña (calle Ferraz 2), no fue un final sino una imagen que aún nos aterra: su cuerpo estaba fuera, pero su palabra seguía ardiendo. Como si la tierra misma se negara a cubrirla del todo, como si la historia supiera que nadie que haya escrito con fuego y verdad puede ser enterrado. Así, 153 años después de su muerte, la Avellaneda no yace sino que resuena. Su tumba en Sevilla es sólo un símbolo, porque su voz sigue siendo peregrina, atravesando siglos, recordándonos que la literatura es un acto de entrada y que la gloria cubana, la gloria femenina, no puede negarse ni silenciarse.

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