Hammershoi, escenógrafo

El gran pintor de interiores danés buscaba una “actitud arquitectónica” capaz de hablar. El Museo Thyssen expone, hasta el 25 de mayo, también sus exteriores

  

Aristóteles definió la paradoja de la soledad: “Si vive solo, o es un Dios o es una bestia”. Puede que Vilhelm Hammershoi (1864-1916) pintara esa paradoja. ¿La austeridad en una vivienda es entereza de carácter o frialdad? ¿Es calma o soledad? ¿Es elección? ¿Pobreza? ¿Fortaleza? ¿Descuido o…tal vez miedo?. Hammershoi fue un hombre viajado que pareció no haber salido nunca de su casa, un edificio pequeño del siglo XVIII, en el número 30 de la calle Strandgade de Copenhague. Esa calle está en Crhistianshavn, un barrio pintoresco, con canales, barcos, mercados y bullicio, que, sin embargo, no parecieron interesar al pintor.. El silencio de las estancias retratadas por Hammershoi se da también en los motivos detrás de una obra tan al margen del tiempo de cualquier tiempo. No fue un artista torturado. Ni siquiera alguien obsesivo. Triunfó en vida y cayó en desgracia justo después de morir con 52 años, cuando las vanguardias de principios del siglo XX arrasaron con cualquier estilo anterior.. A pesar de que su obra se relaciona continuamente con el silencio, el silencio como un espacio físico, la comisaria de esta muestra, Clara Marcellán, lo ha relacionado con la música. Hammershoi, el ojo que escucha es el título de la segunda muestra del pintor en España, la primera fue en el CCCB de Barcelona hace casi 20 años. El silencio al que se asocia a este pintor asoma en sus interiores, y caracteriza su vida cotidiana a pesar de la música que siempre lo rodeó a él, a sus amigos y a su familia. Su mujer, Ida Ilsted, tocaba el piano y él mismo estudió cello. Con todo, lo que conocemos de su vida nos llega con sordina, evitando crisis, cambios, dudas y conflictos.. ‘Una habitación en la casa del artista en Strandgade, Copenhague, con su mujer’, Vilhelm Hammershøi (1902).. A Carl Christian Clausen, que lo entrevistó en 1907 para el suplemento cultural danés Hver&Dag, le confesó que para retratar se necesitaba conocer muy bien al retratado. Por eso se ganó bien la vida retratando más bien ausencias, silencios pictóricos. Esas estancias prácticamente vacías, grisáceas, como pintadas en blanco y negro, terminan por definir, curiosamente, rasgos del carácter del retratado. Las habitaciones tienen atención, más respeto y paciencia que miedo. Un silencio sereno, pero no cálido, expectante pero no tenso. Un silencio, apunta Marcelllán, “lleno de posibilidades”.. Cuando en esa entrevista de 1907 se quejó de la moda de los interiores —“Hoy todo el mundo quiere interiores”—, hablaba de su día a día, encerrado en casa pintándolos. Para hacerlo, Hammershoi se convirtió en escenógrafo. Sus interiores austeros limpian, en realidad, lo que fueron sus viviendas. Alteran el lugar de un sofá, difuminan un aparador Biedermeier, esperan a que el sol quede reflejado en el pavimento de madera que, lejos de alcanzar el silencio de otros lienzos, parece crujir con la llegada de los haces de luz.. ‘Interior con mujer al piano, Strandgade 30’, de Vilhelm Hammershøi (1901).. La calidad incompleta de sus pinturas, es decir su modernidad, es otra elección de Hammershoi que, vaciando las estancias llena de misterio sus escenarios vacíos. Elegir la resta por encima de la suma es una decisión artística. También arquitectónica. Así lo describió él en esa citada entrevista: “Lo que me lleva a escoger un motivo es, en gran medida, las líneas que contiene, lo que llamaría la actitud arquitectónica de la imagen”.. Se podría decir que la actitud arquitectónica de Hammershoi es la resta. El menos es más de Mies van der Rohe. Pero, en medio de tanta calma no es sólo su deseo de simplificar el mundo lo que habla aquí. Hay muchas ventanas en los interiores de Hammershoi. Sin embargo, no hay vistas. Los vidrios podrían ser falsos: nada se ve a través de ellos. Más que abrir los espacios al exterior, los encierra, sólo atraviesa el espacio el sol, esos rayos que tan pacientemente espera. Que su mujer, Ida, parece aguardar sentada. Tocando el piano. Pensando, observando, dejando el tiempo pasar, posando.. La introspección como emoción. La mirada como espera. Ante los cuadros silenciosos de Hammershoi, uno asiste a una intimidad que no le corresponde, pero que no es violenta. Se encuentra con soledades, o con calmas, con introspección y con cansancio. Son tiempos detenidos.. ‘Rayos de sol o sol. Motas de polvo bailando en los rayos de sol. Strandgade 30’, de Vilhelm Hammershøi (1900).. Hammershoi pintó su primer interior en casa de su amigo Karl Madsen. Y decidió que había belleza en el vacío. No es una interpretación. Se lo contó, de nuevo, a C.C.Clausen. Tal vez si no se hubiera dedicado a pintar espacios despojados no hubiera podido reparar en los Rayos de sol. Motas de polvo bailando en los rayos de sol. Strandgade 30, que terminó en 1900. El cuadro está ahora en el Thyssen de Madrid. Los haces de luz parecen romper el silencio, las motas de polvo, bailan y, por fin, el espacio habla. Nos dice que las estancias de Hammershoi retratan.. Tienta pensar que el pintor apenas salía de la casa de la calle Strandgade en la que vivió 10 años en el número 30 y hasta el final de su vida en el 25. En el primer piso del número 30 pintó más de 60 interiores. En el segundo, experimento con desnudos a escala real. Con todo, lo que maravilla de la muestra del Thyssen es comprobar lo que veía cuando salía de excursión. Maravilla porque era casi lo mismo que veía dentro filtrando, restando, dejando inacabados los edificios históricos, eligiendo pinares en paisajes casi abstractos.. ‘Interior, mujer vista de espaldas’, de Vilhelm Hammershøi, hacia 1904.Randers Kunstmuseum. Como sus salones —la intimidad de Hammershoi es más de comedor que de dormitorio o habitación de hotel—, los exteriores de este pintor aparecen también deshabitados. La figura, sacada del siglo de oro holandés para inspirar un relato sin recrearlo, desaparece en los campos y los bosques.. Algunos de esos pinares, como Fortunen o Gentofte, están cerca de Copenhague. Pero también pinta la península de Rosnaes y la isla de Falster, de donde era Ida, su retratada esposa. Tan despojados son los exteriores que cuesta leer una estación en la vegetación. Es decir, que también en el campo Hammershoi elige, filtra, hace de escenógrafo, como muchos de los grandes paisajistas, que inventaban naturalezas idealizándolas, mejorándolas o romantizándolas. Igual que sucede en sus interiores, donde Hammershoi nos deja entrar pero no nos recibe, en el campo nos empuja a salir, pero tampoco nos guía. Abre la puerta, a la modernidad. También a lo que, como espectadores, queramos y seamos capaces de ver.

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Aristóteles definió la paradoja de la soledad: “Si vive solo, o es un Dios o es una bestia”. Puede que Vilhelm Hammershoi (1864-1916) pintara esa paradoja. ¿La austeridad en una vivienda es entereza de carácter o frialdad? ¿Es calma o soledad? ¿Es elección? ¿Pobreza? ¿Fortaleza? ¿Descuido o…tal vez miedo?. Seguir leyendo

 

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