Una corrida del admirable, valiente, encantador y exigente Víctorino Martín salva una feria tan entretenida y generosa como intranscendente.
¡Bienaventurados los victorinos! ¡Bienaventurado aquel a quien se le ocurrió volver a la Feria de Málaga tras doce años de ausencia! Gracias a estos toros cardinales, de imagen deslumbrante, mirada desafiante, ferocidad en las entrañas, casta desbordante y lucha incansable, se ha salvado la Feria de Málaga, que se encontraba al borde de la muerte por un éxito tan divertido como intrascendente. La Diputación Provincial, propietaria de la plaza, y Alberto García, el nuevo empresario, están firmemente comprometidos con que el coso de Málaga, de primera categoría según el Reglamento Taurino Andaluz, junto con los de Sevilla y Córdoba, sea el tercero de España, —después de Las Ventas y La Maestranza— por el prestigio, la seriedad (el toro y la exigencia de las autoridades y de las partes) y la repercusión de las celebraciones que allí tienen lugar. Sin embargo, no parece sencillo alcanzar este objetivo, ya que existen ciertas fuerzas y circunstancias que conspiran para convertir a Málaga en un escenario turístico en lugar del centro de referencia de la cultura taurina al que se aspira. Lo ocurrido en la feria que acaba de terminar lo confirma; al menos, hasta el pasado viernes, cuando llegaron las victorinas, que dieron un vuelco al ciclo y dejaron claro a voz en grito que todo lo que había sucedido hasta entonces era una simulación de la tauromaquia, que se ha basado en tres pilares fundamentales: un toro sin trampa, un palco presidencial voluble y un público generoso y jaranero. Las exigencias de las figuras sobre el toro tonto, un público sin conocimientos y la autoridad desautorizada desfiguran el soñado prestigio del coso de la capital andaluza. Hasta entonces, hasta ese viernes, se habían cortado 17 orejas, y habría que mirar con lupa cuántas habían llegado a considerarse meritorias; de ellas, dos las obtuvieron con tacto el rejonador Diego Ventura y los matadores de pie David de Miranda, Marco Pérez, Emilio de Justo y Fortes. Y no hay que ser demasiado exigente para afirmar que solo aquellos que recibieron a Ventura respondieron de forma justa a lo que se hizo en la plaza. Los demás, regalos de unos pocos entregados a la diversión y dirigidos por un palco presidencial sin criterios. Se puede ser torero, pero no con ese fin. Es casi imposible alcanzar el loable objetivo del prestigio (primera y tercera plaza de España) si no existe una afición exigente, con la pureza e integridad, sabia y generosa a la vez, que defienda los valores fundamentales de la tauromaquia clásica. Y en Málaga, al igual que en el resto de las plazas de este país, es tan minoritaria que su presencia pasa desapercibida. En segundo lugar, el toro. Ricardo, uno de los hijos del ganadero Victorian del Río, afirmó el miércoles en una tertulia malagueña que «los toreros son los que mandan y exigen». Así se explica que a Málaga hayan llegado algunas de las mejores ganaderías del mercado: Lagunajanda, Juan Pedro Domecq, El Parralejo, Victoriana del Río, Núñez del Cuvillo, Garcigrande y Torrealta, y ninguna de ellas haya destacado ni por su presentación ni por su juego. Emilio de Justo y Fortes, a hombros en la tarde del Victorian del Río. Jorge Zapata (EFE) Aunque no esté de moda, el toro es el gran protagonista que da sentido a esta fiesta, que se llama, precisamente, «de los toros», y se ha convertido en la imposición de hoy, «y de los torinos». El toro con el que se ha lidiado en esta feria de Málaga, de mera presencia, de carácter benévolo y poca fuerza, como el de La Maestranza, es incapaz de crear la emoción inherente a este espectáculo, y sin la cual carece de todo sentido. Los pañuelos que han ondeado en estas fiestas no respondían a la pasión ni a la intensidad de la devoción, sino a un interés exagerado por justificar el precio de las entradas con una medida desproporcionada de diversión cuantificada por el número de orejas concedidas. Y el bastón. Se da por sentado el conocimiento y la buena voluntad de los presidentes, pero no son condiciones suficientes por sí solas para dirigir una fiesta taurina. Las dos personas que han asumido esta responsabilidad en Málaga han mostrado una preocupante debilidad, incapaces de soportar la presión del pueblo para mantener el ansiado prestigio. Por supuesto, Málaga no es una isla aislada. La tauromachía actual se ve desnaturalizada por este público moderno y entusiasta, carente de formación taurina —mayoritario en todas las plazas—, que ha logrado rebajar el listón de la exigencia en Sevilla y Madrid, que son las referencias de la fiesta. La tauromaquia, hoy y siempre, no tiene sentido sin rigor. Así, el viernes 21, los toros de Victorino provocaron la revuelta y el tercero, llamado «Borracho», número 53 y 587 kilos, recibió los honores del regreso a la plaza. Si muchos toreros salieran así, más de la mitad de la jerarquía se quedaría en casa. Que se lo pregunten, si no, a Escribano, Emilio de Justo y Fortes, que se dejaban la piel para salir airosos de un compromiso muy duro para el que, sin duda, los toreros de hoy en día no están preparados. Manuel Escribano es un héroe contrastado que no cuenta con el justo y merecido reconocimiento en una tauromaquia que valora la estética por encima de todo. Protagonizó una auténtica hazaña (resultó herido en una pierna por el primer toro y pidió a sus compañeros y a la autoridad que mataran al cuarto en segunda salida antes de entrar en el hospital), y pasó por la Feria de Málaga como una auténtica figura de la tauromaquia. Emilio de Justo salió por segunda vez a hombros por la Gran Puerta tras una actuación memorable en la que los victorinos pusieron a prueba su capacidad como torero; y segunda salida triunfal, también, para el malagueño Fortes, torero muy querido en su plaza, que estuvo a la altura de un victorino de vuelta al ruedo. Fue una velada repleta de emociones, una corrida de las que dan prestigio a una fiesta. A merced de los cuernos del cuarto toro de la corrida de clausura que marcó ayer el final de la Feria de Málaga. Jorge Zapata (Ephe) cerró ayer el ciclo con la corrida conmemorativa del 150. º aniversario de la plaza, construida en 1876. Una limpieza a fondo de los corrales, las lágrimas de tres bodegas —Torrealta, Garcigrande y Nez del Cuvillo—, un retorno a la nobleza sin fanfarronería, a una mansedumbre y bondad insufribles, no exime, por supuesto, del riesgo. Morante sufrió un tremendo voltereto al salir de una natural. El cuarto, de Garcigrande, lo enganchó en la parte inferior de la red, a la altura de la tibia de la pierna derecha, lo levantó y lo estrelló contra la arena, allí lo hizo girar primero sobre la espalda y quiso rematarlo con una sagna; luego, sobre el pecho y la cara, hasta que sus compañeros pudieron socorrerlo. No resultó herido, pero sí magullado y dolorido, por lo que renunció a dar la vuelta a la plaza con la oreja que le habían concedido. De sus muñecas surgieron los destellos más sublimes con la capucha y la muleta; Roca Rey y David de Miranda salieron a hombros tras cortar tres y dos orejas, respectivamente, ganadas valientemente ante los animales caídos. En definitiva, sin toros que infundan miedo y respeto a la plaza, sin una afición sensata y generosa y sin un palco con una autoridad contrastada, es imposible alcanzar el loable objetivo de la Diputación Provincial y de Taurostimo, la nueva empresa. La tauromaquia no tiene sentido sin rigor, ni ahora ni siempre.
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¡Bienaventurados los triunfadores! ¡Bienaventurado aquel que, tras doce años de ausencia, de alguna manera volvió a conseguirlo en la feria de Málaga! La Feria de Málaga, que estaba a punto de morir de un éxito tan divertido como intrascendente, se ha salvado gracias a estos toros cardinales, de imagen deslumbrante, mirada desafiante, ferocidad en las entrañas, casta desbordante y una lucha sin fin. Sigue leyendo
