El torero sevillano urdió una explosión de genio improvisado ante una Maestranza desquiciada, Vctor Hernández paseó una oreja, y Juan Ortega pasó sin pena ni gloria.
Si tuviste la fortuna de ver la corrida, quédate con lo que tenías, con ese misterioso shock colectivo que se apoderó de La Maestranza de la mano de un genio llamado Morante de la Pueblada. Si no la viste, cierra los ojos y sueña con una obra desigual, virtuosa, impactante, sorprendente, barroca, un alarde de improvisación de un artista que no es de este mundo, capaz de hipnotizar y con una capacidad sobrenatural impropia del torry actual. Morante es el dios del Toreo sevillano, del Toreo de España, del mundo, del universo entero, de donde quieras, porque es uno y diferente, y hace lo que a nadie se le ocurre en su sano juicio. Pero, ¿qué ha pasado? Intentar contarlo es una temeridad, pero no hay más remedio. La vivienda está tendida sobre las tablas de la barrera del 5-laying cuando sale el cuarto toro, y allí lo espera con el capote a una mano. El animal, distraído y suelto, pasa por su lado en un par de ocasiones, mientras una extraña sensación comienza a apoderarse de los párpados. De repente, Morante sale a la línea del tercio y antorcha al verónico, al primero, con más templanza, y surgen dos lances extraordinarios. Suena la música y el éxtasis acaba de comenzar con la plaza en pie. Tras un paso anecdótico del toro por el caballo, saca una pieza de nombre desconocido: presenta el capote recogido por delante y lo pasa por detrás a modo de serpentina. Suenan los clarines para el tercio de banderillas. Morante pide los palos (¡sorpresa gorda! ) y coloca un primer par delantero, pero por derecho, el segundo es sencillamente perfecto, y para el tercero. . . Para el tercero pide una silla de tijera al palco del ganadero, se sienta en ella, cruza las piernas, levanta los brazos y llama al toro. Se levanta con el tiempo justo para clavar un par al espectacular quiebro. Morante, sentado en una silla para colocar un par de banderillas al quiebro. Eduardo Briones (Europa Press) En ese momento, la plaza era un manicomio, feliz, muy feliz, eso sí, pero un manicomio incontrolable. Cuando el sevillano tomó la muleta, tenía en sus manos los máximos trofeos. Se vuelve a sentar en la silla, y saca tres ayudados de tal guiño que hizo una película de Rafael El Gallo. Y en adelante, una excelente corriente de improvisación, de largas y bellas mutilaciones y otros enganchones, y un natural redondo y completo, que fue una lección del mayor torriño. Cuando se perfiló para matar, la plaza guardó silencio, rezó, suplicó que la espada se hundiera en la carne noble y agria del toro, pero no lo hizo. Hay que decir que las dos vueltas al ruedo fueron apoteósicas, el susto fue tal que al final de la corrida quisieron sacarlo a hombros por la Puerta del Príncipe, pero no fue posible a pesar de la larga espera, y en volandas salió por la puerta grande. Dos últimos detalles que no deben pasar desapercibidos. Uno: el toro de Morante fue un impresentable, que coincidió en todo el tendido. Ni siquiera acompañó, y no tuvo en cuenta su alma noble. No hubo más protagonista que Morante, que no lo es. Y dos: ¡Hay que ver lo bien y lo mucho que canta Sevilla! Todo, absolutamente todo le parece bonito a este divertido público que lanza olés por doquier sin causa que lo justifique. El resto de la carrera es otra historia. La primera de Morante, un proyecto de cuerpo. Víctor Hernández cayó de pie por su coraje, su fuerza, su puntería y su cabeza lúcida ante un lote desfavorable. Dibujó pinceladas de buen ateo, solemne a toda luz, en su primero, extenuado y noble, y se dio un arrimón en el sexto, que brindó a Morante. Juan Ortega, por su parte, pasó desapercibido. Se mostró dubitativo y atolondrado en los medios por el segundo de rodillas con una larga cambiada. El toro desarrolló un molesto punto de casta y el torero no se sintió cómodo en ningún momento, más pendiente de acompañar que de mandar. En el quinto, el público quedó exhausto tras la embestida morantista, y Juan Ortega naufragó ante un oponente sin clase. Que nadie se extrañe si un día de estos firma la religión morantista para adorar al torero de La Puebla. . . . Que nadie se extrañe. Toros de Álvaro Núñez, desiguales de presencia, muy justos primero y tercero, brama el cuarto, y corrigen los demás, mansones a caballo, suaves, nobles y exhaustos en el tercio final. Los de la Puebla: estocada (silencio), pellizco, media estocada y dos descalzos (dos vueltas al ruedo). Salió a hombros por la puerta de cuadrillas. Juan Ortega: stocada muy baja (ovación), stocada (silencio). Víctor Hernández: _ amonestación _ stocada algo baja (oreja), stocada (ovación). Plaza de la Maestranza 16 de abril. Sexta sesión de la Feria de Abril. Lleno de ‘ no hay notas ‘.
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Quédate con lo vivido, con esa enigmática conmoción colectiva que tomó el control de La Maestranza de la mano de un genio llamado Morante de la Puebl, si tuviste la oportunidad de presenciar la corrida. Seguir leyendo Núñez / Morante, Ortega, HernándezToros de Álvaro Núñez, desiguales de presencia, muy justos primero y tercero, brama el cuarto, y corrige los demás, mansones en los caballos, suaves, nobles y agotados en el tercio final. A los poblanos se les conoce como stocada (silencio), pellizco, media stocada, y dos descalzos (dos vueltas a la rueda). Salió a hombros por la puerta de cuadrilátero. Estocada muy baja (ovación) y estocada (silencio) para Juan Ortega. Víctor Hernández: _ amonestación _ stocada algo abajo (oreja), stocada (ovación). Plaza de La Maestranza. 16 de abril. Sexto día de la Feria de Abril. Lleno de «no notas»
