Con una escenografía compartida, el MOMA debe revisar los fondos de su colección como consecuencia del estreno mundial de una producción de la Metropolitan Opera.
Frida Kahlo y Diego Rivera están de moda, pero no porque hayan caído en el olvido en los 70 años transcurridos desde su muerte. Netflix llevará a la pantalla su tormentosa relación, cuyos ecos aún reverberan entre los muros de la Casa Azul de Coyoacán, y en Nueva York dos de los eventos de la temporada cultural girarán en torno a su simbiosis personal y artística. El estreno mundial de una ópera inspirada en la pareja, El último sueño de Frida y Diego, el 14 de mayo, y una exposición en el Museo de Arte Moderno (MoMA), titulada como si de un espejo de ópera se tratara (Frida y Diego: el último sueño), trazan los caminos de creatividad y tensión, dolor y violencia, que acabaron con sus vidas. Más información La exposición podrá visitarse desde el 21 de marzo hasta septiembre. «Cuando nos enteramos de que la Metropolitan Opera de Nueva York estaba preparando el estreno mundial de una obra sobre la pareja, pensamos que era un buen momento para una colaboración entre las dos instituciones», explicó el lunes Beverly Adams, comisaria de la muestra y responsable de arte latino del MoMA. La idea, recordó, era mostrar bajo un nuevo prisma, el de la composición musical y su escenario, los fondos de la pareja en poder del museo para resaltar la vigencia y la modernidad sin fecha de su obra. «Frida sigue siendo una fuerza imparable y un fenómeno. . . Nos identificamos con alguien que está construyendo su vida, superando sus dificultades y representándose a sí mismo con fuerza, honestidad, a veces un poco idealista. Pero su legado -y yo diría también que el de Rivera, con ese compromiso con la gente, la cultura popular y la política- sigue siendo muy importante hoy en día, el de ambos, y esta ópera es sólo un ejemplo más de ello», explica Adams. Una mujer fotografía uno de los cuadros de Frida Kahlo expuestos en la muestra del MoMA. Angel Colmenares (EFE) La muestra consta de unas 40 piezas, una decena de cuadros de Frida más una veintena de dibujos, bocetos y secciones de mural de la mexicana, así como imágenes ya icónicas de la pareja, juntos o por separado, realizadas por grandes fotógrafos de su época (la mexicana Lola Álvarez Bravo, Imogen Cunningham, Edward Weston). Lo más importante es el montaje: pura escenografía, inspirada en el escenario de la ópera, a cargo del británico Jon Bausor, autor de ambas instalaciones y que también ha codiseñado el vestuario de los cantantes. La sala central (o patio) de la muestra se articula en torno a la estructura de una cama azul cobalto de la que nace, y pugna por escapar, un gigantesco árbol rojo y, a modo de dosel, un espejo. La explosión de color se repite unos metros más allá en una especie de zigurat rojo sin función conocida, quién sabe si un fondo para selfies, porque la decoración parece perfectamente imparable. El gran árbol rojo recuerda un híbrido entre las llamadas del Pájaro de Fuego de Diaghilev y las ramas esqueléticas de los árboles que componen Sleepy Hollow, la película de Tim Burton, tras recibir una transfusión de sangre, si se deja volar la mirada o la imaginación. Una fotografía de Frida Kahlo, en la exposición. Es una especie de árbol genealógico, según Ángel Colmenares (EFE) Bausor, «que ocupa el centro de su universo, de su obra, en el centro de todo ello, como un tótem, con el espejo encima de ese elemento retorcido, estreñido, obligado a permanecer enjaulado en el fondo y que se libera hacia el cielo», como quiere huir de su realidad cotidiana, del dolor, del cuerpo atravesado por clavos y decenas de operaciones. Y, se podría añadir, escapar también de la toxicidad que era su relación con Rivera. «El árbol representa las venas de Frida, porque Frida es dolor y amor y su cuerpo es la representación de ello. Y es rojo porque es la representación de las venas, de las arterias, de la vida», explica en un vídeo introductorio al espectáculo la compositora de la ópera, Gabriela Lena Frank, quien asegura que se identificó con Frida «como mujeres morenas]latinas que somos». «Hay referencias muy concretas a la ópera, pero las obras]de la exposición activan el espacio de una manera muy diferente», dice Adams. Junto al supuesto zigurat rojo destaca también una estructura de madera similar a un andamio que recuerda el proceso de composición de los grandes murales de Rivera, pero que también puede verse como el andamiaje que Frida sufrió en vida para mantenerse, a duras penas, erguida. Por eso «la taquilla de la ópera, esta idea de vestir, de llevar la ilusión, supera el simple vestido del corsé, tomando la discapacidad de Frida y revisándola de nuevo y dándole lo que ella quería que el mundo viera de ella, y la forma en que ella quería ver el mundo». El espejo del dosel] se muestra y al mismo tiempo introspección», explica el escenario. El universo místico de la ópera, interpretada por Isabel Leonard y Carlos Álvarezy con libreto en español de Nile Cruz, ofrece un nuevo contexto para reinterpretar o revisar algunas de las obras más famosas de Kahlo y Rivera gracias a su hilo argumental: el Día de los Difuntos, la celebración colorista mexicana del Día de los Difuntos, cuando un Rivera ya anciano intenta devolver a la vida a Frida, fallecida tres años antes que él. El mito de Orfeo y Eurídice cobra vida entre cempasuchiles y litros de mezal, en una decoración donde hay simbiosis y hay competencia, como en la relación que ambos mantuvieron en vida. Frida, finalmente, rechaza la invitación a volver al mundo de la vida. Los diseños de Diego Rivera se incluyeron en la colección del MoMA durante la exposición. Ángel Colmenares (EFE) «La ópera y la exposición se inscriben en ese legado, el de los artistas que se inspiran tanto en Frida como en Rivera y siguen creando obras de arte que se empoderan con su ejemplo, algo que se puede ver en las artistas feministas de los años 70, en las artistas chicanas y en todas las creadoras que las toman como modelo para empoderarse y crear arte comprometido con los temas que consideran importantes, por lo que creo que sigue siendo una exposición importante de este legado, y que veo que sigue siendo una exposición importante de la que sigo realizando en México y que no tiene que celebrar el otro poder artístico». La directora de escena y coreógrafa de la ópera, Deborah Colker, viajó a México con su equipo para impregnarse del ambiente del Día de Muertos. «Frida y Diego son profundamente mexicanos, y son la quintaesencia de México». Son un legado y un homenaje del que México se siente muy orgulloso», recuerda Colker en el vídeo introductorio que puede verse a la entrada del espectáculo. «Son artistas más grandes que la vida y me tenían un poco de miedo», confiesa el libretista Cruz en esa instalación. Kahlo y Rivera son dos de los artistas más influyentes del siglo XX y por ello la muestra tiene un significado especial para el MOMA, ya que cada uno de ellos tuvo una conexión única con el museo a lo largo de su vida, recuerda Adams. Sus obras han sido durante mucho tiempo piezas significativas en las galerías de la colección del museo, entre ellas el autorretrato en el que aparece como un ciervo atravesado por las flechas o el cuadro Fiesta de las flores: Fiesta de Santa Anita (1931), de Rivera, o el Autorretrato con pelo corto (1940) y Fulang-Chang y yo (1937) de Kahlo. La presentación irá acompañada de una serie de programas públicos producidos en colaboración con Metropolitan Opera. Juntos, la exposición y la programación, en el bar de la ópera, darán un paso más en el inagotable universo de los artistas.
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Diego Rivera y Frida Kahlo están de moda, pero no porque hayan caído en el olvido en los 70 años transcurridos desde su fallecimiento. En Nueva York, dos de los eventos de la temporada cultural girarán en torno a su simbiosis personal y artística, cuyos ecos aún resonarán entre los muros de la Casa Azul de Coyoacán. El último sueño de Frida y Diego, ópera inspirada en la pareja, se estrenará mundialmente el 14 de mayo, y una exposición en el Museo de Arte Moderno (MoMA) con el título «Frida y Diego: el último sueño) trazará los caminos de creatividad y conflicto, sufrimiento y violencia, que condujeron a sus muertes. Seguir leyendo
