Qué batallas tan olvidables e irrisorias

En «Una batalla tras otra», la triunfadora de los Oscar, no veo arte por ninguna parte. Las dos películas más impactantes, estéticas y conmovedoras que he visto este año, «Sueños de tren» y «Frankenstein», han sido injustamente olvidadas.

  

CineAnalisisExposición didáctica de ideas, conjeturas o hipótesis, basadas en hechos de la actualidad -no necesariamente del día- que se reflejan en el propio texto. Excluye los juicios de valor y se acerca más al género de opinión, pero se diferencia de éste en que no juzga ni pronostica, sino que sólo formula hipótesis, ofrece explicaciones argumentadas y enlaza dispersI do not perceive art anywhere in ‘ One battle after another’, the winner of the Oscar. Se han olvidado injustamente de las dos películas más bellas, estéticas y conmovedoras que he visto este año: ‘ Sueños de tren ‘ y ‘ Frankenstein ‘ Paul Thomas Anderson y el reparto de ‘ Una batalla tras otra’, durante la recepción del Oscar a la mejor película. Mike Blake (REUTERS) No tengo datos de audiencia ni de interés, pero sospecho que cada vez hay menos público viendo en televisión en compañía hasta las 5: 00 de la mañana. m. para presenciar ese ritual de pompa y circunstancias llamado ceremonia de los Oscar. Es decir, el reconocimiento de la Santa Academia de Hollywood a las personas que han creado el mejor cine del año. La he seguido durante muchos años. Siempre con compañías divertidas y graciosas y sin ese complemento tan estimulante llamado alcohol. Más información Y a veces ganaban esos premios películas cuyas virtudes eran transparentes (para mi gusto, aclaro) y otras, nadadores bendecidos por la taquilla. Tampoco solía sorprender. Pero recuerdo que las risas compartidas nunca fallaban en aquellas noches. Hacíamos un jugoso porro, aunque yo, que se suponía que era un entendido en cine, era el que menos permanentemente acertaba de todo el grupo. La última vez que vi la gala en soledad, coqueteé con los ridículos premios. Se los daban a una cosa tan inenarrable como aburrida e incomprensible, todo a la vez en todas partes. Y ya no he pasado la noche observando el desfile de vanidades y también de personas justificadamente legendarias. Yo tampoco veo el espectáculo de otra manera. En todo caso, un resumen acelerado de la ceremonia. O me entero en un vistazo rápido a las noticias del día siguiente si ha ocurrido algo que ha centrado la atención. Y así, veo que en una noche tan trascendente, Javier Bardem, ese extraordinario actor, llevaba una pegatina con su condena a la guerra. Y nadie más. No sé si por convicción o por miedo a que los tentáculos del rey Trump y los que inventaron Hollywood y siguen ocupando el poder les creen problemas en sus futuros contratos. En cualquier caso, que el Bardem consciente o los que no quieran legítimamente opinar sobre el estado de las cosas, hagan, digan o callen lo que quieran. Lo único que se puede exigir a los profesionales del cine es que nos den artefactos. Y no veo el arte en ninguna parte triunfante. Una batalla tras otra. El título me parece inexacto. Lo cambiaría por un tonto tras otro. Nada me parece creíble ni magnético en él. El guión no tiene gracia ni verdad. Al menos yo no me creo nada, ni me produce ninguna sensación memorable esta historia atropellada sobre un grupo revolucionario que, tras su destrucción, ha sobrevivido en la vida cotidiana como ha podido. Traicionando al grupo o en un estado permanente de drogas. Se supone que pasan muchas y aceleradas cosas, pero sin el más mínimo interés, con la sensación de que todo es mentira. Incluyo al personaje de dibujos animados, interpretado con el peor histrionismo, que encarna un grotesco Sean Penn y que, en consecuencia, también ha recibido el Oscar. Ese grito hace que ese militar loco y salvaje ponga caritas todo el rato. Al servicio de empresarios todopoderosos y maquiavélicos. Y Leonardo DiCaprio en plan acelerado e intenso. Todo es un sinsentido descaradamente visionario y simbólico. Los pecadores son curiosos, entre ellos un principio alentador que retrata el blues, un vampiro superdesarrollado y un desenlace brillante. Acaba de recoger las migajas festivas. Y se han olvidado injustamente (bueno, Guillermo del Toro ha sido reconocido con el maquillaje, diseño de producción y vestuario) de las dos películas más bellas, estéticas y conmovedoras que he visto este año. Se llaman Sueños de tren y Frankenstein. Que el cine no te lo perdonará. Tu suscripción se está utilizando en otro dispositivo. Quieres añadir otro usuario a tu abono? Añadir usuario Continúe leyendo aquí Si continúa leyendo en este dispositivo, no podrá leer en el otro. ¿Por qué ves esto? Flecha Tu suscripción está siendo utilizada en otro dispositivo y sólo puedes acceder a EL PAIS desde un dispositivo a la vez. Cambia tu suscripción al modo Premium para poder añadir otro usuario si quieres compartir tu cuenta. Cada uno accederá con su propia cuenta de correo electrónico, lo que le permitirá personalizar su experiencia en EL PAÍS. Tienes una suscripción de empresa? Entra aquí para contratar más cuentas. 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Aunque no dispongo de datos de audiencia ni me interesa, tengo la sospecha de que el público de la empresa de televisión seguirá viéndola hasta las 5 de la mañana para presenciar el ritual de pompa y circunstancias conocido como la ceremonia de los Oscar. Es decir, el agradecimiento de la Santa Academia de Hollywood a quienes han producido la mejor película del año. Permanecí cerca de ella durante muchos años. Siempre con negocios graciosos y divertidos y sin un complemento estimulante como el alcohol. Seguir leyendo

 

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