Cristina Fernández Cubas, escritora de otra realidad

El Premio Cervantes 2026, otorgado a un autor catalán, ha abierto innumerables puertas a los lectores y lectoras, especialmente a aquellos que han llegado a convertirse en escritores y escritoras.

  

Aquí hay una chica extraña en un cuadro. Es la chica que alguien ha pintado y a la que el escritor está mirando. ¿Dónde lo hace? En una historia que es una situación, un pequeño mundo: el mundo de ese escritor ante ese cuadro, el mundo de ese escritor, en realidad, dentro de ese cuadro, para siempre. La escritora es una de las voces —todas en sus relatos son voces, protagonistas para quienes la realidad se ha ampliado, o ha crecido, se ha vuelto poco fiable—, irremediablemente ingeniosa, incorruptible, fabulosa —en más de un sentido— de Cristina Fernández Cubas, la mujer, la escritora, la relación —falsa, fantástica, interior—; oh, sí, su «fantástico» es un «fantástico interior», tal y como fue, como será para siempre, la fantástica Silvina Ofield —que nunca ha desistido en su empeño por escapar a este «muy pequeño», pero de esta manera, que es, en este «muy pequeño», que es, que es, en este «muy pequeño», que es, de eso se trata todo. Cada escritor, cada escritor, se detuvo en el tiempo en algún momento. Despertó eso, su vocación —su singular forma de vida— y se alejó para siempre de los demás, siguió su camino y, con el tiempo, ese camino se volvió infinitamente más solitario de lo que jamás había sido, pero el escritor, el escritor, no lo abandonó, porque ese camino era él, era, en este caso (ELLA). Si hay algo que admiro, y lo hago profundamente, de Cristina Fernández Cubas —quien este año se reunirá con su querido Enrique, Enrique Vila-Matas, en la ceremonia de entrega de sus respectivos y esperados, y magníficos premios (PARA EL FINAL) (SÍ)—, es que nunca ha tirado la toalla. Si hoy en día es raro ser, como la chica de la foto, algo poco común —y, al parecer, cada vez lo es más, de forma inexplicable y, por desgracia—; no puedo imaginar cómo debía de ser entonces, en 1980, el año en que mi hermana Elba publicó su libro. Oh, léelo. Siempre pensé que era un tema pendiente de este país. Incluso ahora. Porque si hay algo que no se entiende en España —o no se entiende lo suficiente—, a menudo queda oculto tras aquello que, aparentemente, sí se entiende, y el tiempo pasa, y tú, como escritora, sigues tu camino, abriendo puertas —sí, Cristina Fernández Cubas ha abierto infinidad de puertas, a todos sus lectores, y a los lectores, sobre todo a aquellos que se han convertido en escritores y escritoras, y tú, como escritora, has tenido la gran suerte de encontrarla, una igual, una maestra, en su propio lenguaje, en su propio universo, una leyenda que no basta con ver —y no ha sido de la manera más cierta en que ha sido en el hogar, tal y como ha sido, tal y como no ha sido, en el caso de que haya sido, de que haya sido, de que no haya sido, de que haya sido, de que no haya sido, en lo más cierto, de que haya sido, de que haya sido, de que haya sido, de que no haya sido, en el caso de que haya sido, de que haya sido, de que haya sido, de que no haya sido, de que no haya sido, de que sea, de que sea, de que sea, de que sea, de que sea, de que Pero él siempre ha estado en el nuestro. Además. Como un espía. Como un dúo. Yendo y viniendo a un mundo fantástico. Terremoto. Fabuloso. Diferente. El mundo que se abre cuando imaginas y abandonas lo que te han impuesto. El mundo solo existe para quienes siguen soñando. Por eso la literatura de Fernández Cubas —un tesoro nacional, por fin reconocido— escupe, oh, esa palabra misteriosa que tanto le gusta, esa palabra que se entrelaza con sus ojos, como ella misma, cuando, sobre todo en sus relatos, no hay ninguna hermana menor en nada de lo que ha hecho, todas son palabras mayores —dice— (QUIZÁ ESTO NO SEA LO QUE ÉL SUGIERE) y (INSURGENTE NO LO ES) o, mejor dicho, (PARA MÍ, NUNCA HABRÁ NADA). Y está bien que sea así, querida Cristina. Laura Fernández (Terrassa, 44 años) es periodista y escritora. Entre sus libros se encuentran «Dos tardes con Julio Verne», «La señora Potter no es exactamente Papá Noel» o «La casa encantada de Diminuta».

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En esta imagen aparece representada una chica extraña. Es el escritor quien mira y la chica a quien alguien ha pintado. ¿Dónde lo hace realmente? En una historia que es una situación, un pequeño mundo: el mundo de ese escritor ante ese cuadro, el mundo de ese escritor, en realidad, dentro de ese cuadro, para siempre. Cristina Fernández Cubas, la mujer, la escritora, las relaciones fallidas. . . el interior fantástico. . . oh, sí, su fantástico es un interior fantástico, como lo fue, como será para siempre, la fantástica Silvina Ofield —que nunca se ha marchado en su intento por escapar de este espacio tan pequeño, pero de esta manera, tal y como es, en este espacio tan pequeño que es, que es, que es, en este espacio tan pequeño que es, que es, que Sigue leyendo

 

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