Curiosidad, asombro y reverencia: Londres vibra al contemplar al fin su historia fundacional en el Tapiz de Bayeux

Los primeros visitantes pueden conocer de primera mano uno de los momentos culturales más importantes de la historia británica. La afluencia obliga a reducir el tiempo de estancia.

  

Un hombre-anuncio estaba de pie frente a la entrada del Museo Británico, sosteniendo un enorme letrero doble en el que se leía «The Beer Tapestry», el nombre del bar situado frente a la entrada del museo. Es algo provisional. El lugar ha cambiado de nombre desde hace un mes, para aprovechar el tirón de uno de los eventos culturales más relevantes de la historia del Reino Unido: la exposición «El Tapiz de Bayeux», el tejido de lino de casi 70 metros cuyos bordados en hilo de lana narran, a modo de cómic contemporáneo, la historia fundacional de Inglaterra que culminó en la batalla de Hastings (El Tapiz de Bayeux), el pub que se encuentra frente al Museo Británico, reconvertido en «The Beer Tapestry», este jueves Toby Melville (REUS) ha formulado las dos peticiones más importantes al Gobierno francés, tras una revolucionaria de los dos años del Gobierno francés, que ha llevado a cabo por su cuenta. Cientos de personas, pacientemente bajo el sol, formaban una larga cola con sus entradas en la mano. Este miércoles fue el primer día de una exposición que durará un año y que, por el momento, ya ha agotado todas sus entradas hasta finales de 2026. Adrian Harris ha sido la segunda persona en acceder al recinto. En las puertas, los visitantes se encontraban con un grupo de personajes disfrazados de conquistadores normandos. Grupos reducidos de personas. Distribuidos de 10 en 10. Cuarenta minutos para ver la muestra, que se presenta casi como una cinta de película expuesta en línea recta. Antes, el público sube a una plataforma que permite una vista panorámica del tapiz, una imagen general de una sucesión de secuencias repletas de detalles. «Trabajo en la Abadía de Westminster, y ver la imagen de la abadía reflejada en el bordado y la mano de Dios bendiciéndola ha sido algo absolutamente increíble», explica Harris, que ya se ha hecho con el catálogo de la exposición y señala con entusiasmo cada uno de los fragmentos de la obra que más le han fascinado. En la secuencia número 26, una mano emerge del cielo para bendecir la abadía donde aún yace enterrado Eduardo el Confesor. «Esto no habría sido posible sin el apoyo del presidente Macron, y demuestra que, con todos sus altibajos, la relación entre ambas naciones es algo muy profundo, lo cual se refleja en la exposición», afirma Harris. Otro «hombre-anuncio» intenta captar la atención de los visitantes que esperan pacientemente a que comiences tu turno. A tu espalda, otro «hombre-anuncio» busca llamar la atención de los visitantes. En este caso, se promociona la cadena óptica Specsavers y se utiliza como eslogan la escena del tapiz en la que el rey Harold muere al recibir una flecha en el ojo. «La verdad es que, para mí, todo era bastante nuevo. Sabía que los franceses habían desembarcado aquí, en Inglaterra, en 1066, pero poco más. No tenía ni idea de quiénes eran los personajes ni de cómo se llamaban. Pero, por favor, no os burléis de mí como si fuera otro estadounidense ignorante», afirma Quincy Martin, del estado de Nueva York, que vive en la capital británica con una beca de investigación en la London Business School. La exposición del Tapiz de Bayeux, al igual que otros eventos culturales muy esperados, también sufre el mal de esta época, el llamado FOMO (miedo a perderse algo), que lleva a miles de personas a acudir en masa a todo lo que genera revuelo. «No tenía muchas expectativas, porque no sabía mucho de historia. No es algo que te enseñen en el colegio allí en Australia. Pero la verdad es que he aprendido mucho, porque me lo explicaron muy bien», afirma Jennifer Rubenach, una comadrona australiana que ha pasado unos días de vacaciones en Londres con su amiga, Charmaine Tsia. La visita a la exposición coincide con su último día en el Reino Unido. Ambas admiten que esperaron casi una hora para comprar por Internet las entradas para un evento del que hablaba toda la prensa, aunque nunca antes habían oído hablar de los tapices. «Todo estaba muy bien organizado. Pudimos avanzar sin problemas y tuvimos tiempo de sobra para verlo todo. Las imágenes en pantalla, que ofrecían la explicación de cada escena, fueron de gran ayuda», afirma Charmaine, quien desmiente así algunas noticias aparecidas en la prensa británica que hablaban de la prisa que, supuestamente, los organizadores transmitían a los visitantes del museo, e incluso de quienes se habían quedado sin poder entrar debido al abuso de los visitantes VIP en franjas horarias anteriores. Los primeros visitantes del Tapiz de Bayeux. Toby Melville (REUTERS) Este corresponsal constató que el primer día transcurrió con bastante fluidez, aunque contribuyó a ello la resignación con la que muchos visitantes aceleraron una visita a la que, de haber podido elegir, habrían dedicado más tiempo. «Nos hubiera encantado poder quedarnos más tiempo, pero no dejan de pedirte que sigas adelante, aunque de una forma muy amable. Cuarenta minutos es poco tiempo para apreciarlo, pero entiendo que lo hagan. En primer lugar, por el enorme número de visitantes, y luego porque el tiempo en que el tapiz puede estar iluminado es muy limitado, para que no se deteriore», explica Madeleine Abramson, una profesora jubilada que ha venido con su marido, Richard, un actuario de seguros también jubilado. «Estudié todo esto, aunque ya lo había olvidado. Es fascinante. en particular el ejército con el que William se alinea durante la invasión, a una escala comparable a la de la Segunda Guerra Mundial. Es impresionante», afirma. Una obra del imaginario colectivo Para muchos británicos, la posibilidad de ver en persona una obra que forma parte de su imaginario desde pequeños tiene algo de rito especial, magnificado además por el bombardeo mediático de los últimos meses. La visita conjunta y privada a la exposición del rey Carlos III y el presidente francés Emmanuel Macron el 2 de septiembre se consideró la culminación de una maniobra para reforzar la alianza anglo-francesa tras las profundas heridas dejadas por el Brexit. «Es algo que nos han enseñado desde pequeños en el colegio. La fecha de 1066 es una de las primeras cosas que aprendemos, al igual que el Tapiz de Bayeux es probablemente la primera obra de arte que nos enseñan. No sé si ahora será igual, pero para mi generación todo esto es algo que perdura en la imaginación», afirma Serena, una elegante londinense ya jubilada, apasionada por las artes textiles y por las labores de conservación de algunas piezas históricas. Es posible detectar el más mínimo parche o la más mínima fisura del tapiz, lo que más me ha fascinado ha sido el respeto reverencial de los visitantes que lo han acompañado en su recorrido: «Creo que todo el mundo lo ha observado con bastante concentración; no había muchas conversaciones ni murmullos. En mi caso, estaba muy concentrada en lo que veía. La fila avanzaba imperturbable, en un estado que yo calificaría de asombro, dijo.

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Un hombre-anuncio estaba de pie frente a la entrada del Museo Británico, sosteniendo un enorme letrero doble en el que se leía «The Beer Tapestry», el nombre del bar situado frente a la entrada del museo. Es solo algo temporal. El Tapiz de Bayeux (The Tapiz of Bayeux), un tejido de lino de casi 70 metros cuyo bordado con hilo de lana narra, a modo de cómic contemporáneo, la historia de la fundación de Inglaterra que culminó en la batalla de Hastings de 1066, ha cambiado de nombre durante un mes. Sigue leyendo

 

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