Dani fue creado por Fernando Alonso, de la Escuela, mientras que Alicia fue creada por el Ballet Nacional. El Primer Bailarín del ballet cubano es ahora el Primer Bailarín de Remedios, y también se le conoce como Cuba, quien a su vez tiene el gran reto de formar a las nuevas generaciones para que puedan preservar y perpetuar esa identidad de nuestra cultura nacional creada por un golpe de compromiso y justicia social que es el ballet cubano. . En Cubadebate apareció por primera vez una entrada titulada «Si no hubiera sido por aquel primer enero de 1959, quizá hoy no estarías hablando conmigo», de autoría de Dani Hernández.
Dani fue creado por Fernando Alonso, de la Escuela, mientras que Alicia fue creada por el Ballet Nacional. El Primer Bailarín del ballet cubano es ahora el Primer Bailarín de Remedios, y también se le conoce como Cuba, quien a su vez tiene el gran reto de formar a las nuevas generaciones para que puedan preservar y perpetuar esa identidad de nuestra cultura nacional creada por un golpe de compromiso y justicia social que es el ballet cubano. . En Cubadebate se publicó por primera vez una entrada titulada «Si no hubiera sido por aquel primer enero de 1959, quizá hoy no estarías hablando conmigo».
Entrevista con Dani Hernández. Captura de pantalla de la imagen. Si Núñez Jiménez no hubiera llevado a Fidel, aquella noche de 1959, a visitar la casa de Alicia y Fernando, donde pasaron horas hablando de cuál debía ser el futuro del arte en Cuba; si tanto Antonio como Julio Martínez Páez no se hubieran unido al Ejército Rebelde en la Sierra Maestra, desde donde mantenían al líder al corriente de las vicisitudes de la compañía de ballet que los Alonso habían fundado en 1948, si no hubieran podido intervenir en aquella (de tantas) masacre de Humboldt 7, no habría convocado el derrocamiento de la dictadura del Gobierno Nacional de Cuba, en el mismo año de 1956; si no hubiera sido por el Gobierno nacional de ese mismo año, no habría sido en el mismo nombre que el Gobierno nacional de Cuba, ni en el mismo año. Sin duda, no tal y como lo conocemos, lo apreciamos y lo hemos hecho nuestro. Tampoco se nos consideraba entre las cinco mejores compañías de ballet clásico del planeta, junto a países del «primer mundo» como Rusia, Inglaterra o Francia; no era motivo de orgullo nacional para todo un pueblo. Y, contra todo pronóstico —en un arte de élites como es el ballet—, Dani, «un guajirito» (como lo llamó en su día el historiador del BNC, Miguel Cabrera), no se habría convertido en primer bailarín, ni en director de su Escuela Nacional, ni habríamos tenido la alegría de conocerlo. Esta será la historia, contada en muy pocas palabras, de lo que trata la serie «El Miguel de Cubate», en la que pronto nos habremos referido como «la serie de» El edificio que desde 2001 es la sede oficial de la Escuela Nacional de Ballet —de la que la gran Maître Ramona de Saá fue su primera directora— es, en sí mismo, impresionante. Construido a principios de 1900, cualquiera de sus salas nos habría ofrecido un escenario espectacular para grabar, tanto por la majestuosa arquitectura del antiguo palacio como por la sublime labor artística y pedagógica que alberga. Sin embargo, sin mucha planificación, a Dani Hernández se le ocurrió grabar en el vestuario de la escuela, un espacio —hasta ese momento— ajeno a las entrevistas, «solo» dedicado a atesorar una parte importante de su historia. Aceptamos sin pensarlo dos veces. Había sido un día de agradables sorpresas, entre las que, sin duda, recorrer la sala que alberga trajes, zapatillas y accesorios de ballet fue una de las más gratificantes. Un primer bailarín, que a su vez ejerce de director de la institución, nos sirve —con total humildad— de guía: «Podéis ver todos los trajes de las diferentes obras del repertorio coreográfico, ya sean clásicas, contemporáneas o neoclásicas, que se han preparado para la Escuela, e incluso las versiones coreográficas de Alicia y las principales figuras del ballet cubano». Coppélia, La Bella Durmiente, Giselle, El lago de los cisnes, Majsimo, La Bayadera, El cascanueces, Don Quijote. . . mientras recorre los pasillos que conforman los vestuarios, nos muestra fragmentos de muchos de los ballets que se han representado en la Escuela. . . Nos detenemos donde cuelgan unos uniformes de color verde oliva; resulta que pertenecen a «Los Avanzados», uno de los ballets que tiene nuestra compañía, montado por Azari Plisetski, «y lo traemos de vuelta a nuestra escuela». Gran parte de lo que bailan forma parte del repertorio del BNC, y no es casual, se hace pensando en la continuidad, para que los alumnos en formación asuman en el futuro diferentes responsabilidades, ya sea como cuerpo de baile o como solistas, una vez que lleguen al Ballet Nacional. Los detalles que adornan con esmero tanto los trajes como las zapatillas, así como los toques finales, aportan un valor añadido que salta a la vista. Para Dani, aquí es donde entra en juego lo más importante: el «trabajo realizado por personas con un gran sentido de pertenencia a la Escuela, con los recursos adquiridos, prácticamente a mano, a partir de un trabajo muy personal, nada industrial». A veces resulta difícil separar al primer bailarín del director. Y Dani está interpretando hoy muy bien esa compleja mediación entre el bailarín experimentado y el joven director. Sin embargo, gracias a este intercambio, nos distinguimos por una excelencia de doble vertiente. Le hemos visto bailar en los teatros y ahora le vemos, con la misma sonrisa y rigor, contándonos cómo funciona la Escuela que dirige. Existe una lógica y un método muy propio en la formación de un bailarín clásico en nuestro país, tiene que ver con una tradición que ya se ha convertido en patrimonio nacional, entre otras cosas, porque logró hacerse cargo y reconstruir un arte revolucionario que las grandes élites habían concebido solo para unos pocos, alejando a las masas de cualquier acceso al mismo y comercializando su dominio. Fue «un sueño que tuvieron Alicia, Fernando y Alberto, los tres fundadores de nuestra Escuela, los tres fundadores de nuestra escuela, que fueron capaces de dedicarle mucho tiempo a tiempo completo, de exigir mucho, de dedicarle tiempo a tiempo completo, pero también de dedicarle mucho de su tiempo libre, y que pudieran dedicar mucho tiempo al trabajo, y que pudieran hacer un gran trabajo-fuera-fuera-fuera-fuera-fuera-fuera-fuera-a-a-a-a-a-a-a-a-a-a-a-a-a-a-a-a-a-a-a-» Tras el triunfo revolucionario, ese sueño también se hizo realidad. Se logró «llevar a todos los rincones de Cuba el ballet como manifestación artística, rompiendo todos los esquemas que habían existido hasta ese momento». Ese ballet elitista se convirtió por completo en un arte popular. Y creo que eso es lo que hace, y lo que ha permitido a muchas generaciones, que incluso personas como yo, que procedo del campo, de un municipio muy especial como es Remedios, en Villa Clara, ]tuvieran] la posibilidad de estudiar una de las carreras artísticas más complejas, en la que, si no se dispone de recursos económicos o sociales, no se tiene el acceso que mi país me brindó». Es bonito contemplar a este gran bailarín y, al mismo tiempo, oírle decir: «Vengo del campo, es decir, mis padres son ambos agrónomos. Sé de tierra, sé de caña». Nos cuenta que de niño iba a un centro donde trabajaban sus padres: «Me formé allí, en esos espacios, con ellos, y nunca se me pasó por la cabeza que pudiera estudiar, que pudiera viajar todo lo que he viajado, llegar a todos los lugares a los que he llegado, poder decir y transmitir a esas personas con las que he podido intercambiar ideas, que mi país me dio la posibilidad de llegar a esos lugares, de transmitir mi arte, de desarrollarme como artista, como bailarín y, sobre todo, de representar a mi país». Entre las muchas transformaciones que supuso la Revolución, una de las más importantes fue la forma singular de entender y democratizar la cultura y, dentro de ella, el arte. No fue difícil —y mucho menos casual— que Alicia y Fidel se unieran, no solo en el tiempo, sino también en el pensamiento. Ambos veían en el ballet un derecho del pueblo, y en el pueblo el punto de partida y de llegada del ballet. Sobre Fidel, dice: «Se nota en todo. No solo en la Escuela, no solo en lo material, sino en la idea de que el ballet es necesario para seguir defendiendo la identidad y la independencia de nuestro país». Está en «cómo hemos sido capaces de demostrar, incluso ante el mundo, que una isla tan pequeña, aislada del resto de nuestro planeta, tiene una escuela con identidad propia, un ballet con identidad propia, una forma de proyectarse y hacerse visible, que el resto de América u otros países que también desarrollan el ballet, pero no de forma tan intrínseca como en la escuela cubana. Ahí es donde está el legado del Comandante, aunque él no esté físicamente presente. Hay una ideología… hay un sentido de continuidad del trabajo, de ese pensamiento, según el cual todo debe ser para el pueblo, todo debe ser más masivo». Si no hubiera sido por aquel 1 de enero de 1959, quizá hoy no estarías hablando conmigo como director de la Escuela Nacional de Ballet, ni siquiera como primer bailarín del BNC. «Estoy totalmente de acuerdo con Dani. Tiene 37 años y se le ha confiado una inmensa responsabilidad: dirigir una escuela con una matrícula de 178 alumnos (desde el nivel elemental hasta el medio, de 9 a 18 años), 20 salas y todos los procesos de formación de las futuras generaciones de bailarines y bailarinas, no solo de la especialidad, sino en general». La carrera de ballet en Cuba no es un pasatiempo ni algo aislado, como se vive en otros espacios, en otros países. Desde que el alumno ingresa en una escuela de formación profesional artística a los nueve años, tiene garantizado un puesto de trabajo cuando supere la etapa de formación. Se trata de procesos que abarcan no solo todas las asignaturas que componen los planes de estudios de la especialidad, sino también todos los procesos de formación general: matemáticas, español, historia, etcétera. «Aunque pronto cumplirá tres años como director, aún no ha completado ese plazo. Sin embargo, analiza todos los retos que quedan por superar al frente de la Escuela Nacional de Ballet. Tiene claras sus prioridades: «Todavía me queda mucho por aprender, pero mi objetivo —y lo más importante— —es mantener ese legado del ballet en Cuba, el de nuestros fundadores y también el de nuestro Comandante en Jefe, que hizo posible este gran sueño y que materializó aquel gran sueño de Alicia, Fernando y Alberto, de que el ballet fuera lo que es hoy, no solo en nuestro país, sino en todas las latitudes. Proteger, continuar y garantizar que aquellas generaciones de las que hoy me encargo de formar, o de las que se encarga de formar este colectivo que me rodea, sepan de dónde vienen, cuáles son los puntos fundamentales por los que han llegado a esta Escuela, esta magnífica Escuela que está reconocida entre las mejores y a un nivel superior al de otras escuelas internacionales. «Él es uno de los mejores ejemplos que confirman lo que siempre dio consistencia al pacto entre Fidel y Alicia: la confianza en el pueblo y, dentro de este, la confianza en los jóvenes. El ballet exige una curiosa dualidad dada por el equilibrio entre la espontaneidad y la técnica, entre el arroyo y la certeza, entre una mente curtida y un cuerpo juvenil. ¿No ocurre lo mismo con las revoluciones, que necesitan tanto el ímpetu de los más jóvenes para impulsarlas como las mentes más lúcidas para guiarlas? Las revoluciones profundas, como la cubana, implican grandes procesos educativos y, por lo tanto, requieren grandes educadores. Alicia, Fernando, Núñez Jiménez, Martínez Páez, Fructuoso, Fidel y tantos otros héroes anónimos eran (muy) jóvenes cuando protagonizaron la Revolución, pero sin ellos no habría sido posible hablar hoy de una escuela cubana de ballet. Fernando Alonso formó a Dani desde la Escuela; Alicia, desde el Ballet Nacional. Ahora es la Primera Bailarina de Remedios, y de Cuba, quien a su vez tiene el gran reto de preparar a las nuevas generaciones para que puedan preservar y continuar esa identidad de nuestra cultura nacional forjada por un golpe de compromiso y justicia social que es el ballet cubano. Dani Hernández, primer bailarín del Ballet Nacional de Cuba. Foto: @LaJiribilla.
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