Decimos hoy

¿Qué frase podríamos usar para despedirnos de las redes sociales y de la tiranía de tener que pensar en ellas ahora? Elijo una de Juan Marsé: «La burricie y la incultura del país se extienden y se multiplican».

  

CAFÉ PEREColumna: Artículos estrictamente de opinión que reflejan el estilo propio del autor. Estas opiniones deben basarse en datos contrastados y ser respetuosas con las personas, incluso si se critican sus acciones. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la redacción de THE COUNTRY llevarán, tras la última línea, una firma del autor —por muy conocida que sea— en la que se indique el cargo, el título, la afiliación política (si la hubiera) o la ocupación principal, o aquello que esté o haya estado relacionado con el tema tratado. ¿Con qué frase podríamos despedirnos ahora de las redes y de la tiranía de tener que pensar en ellas? Elijo una de Juan Marsé: «Las redes sociales están difundiendo y multiplicando la estupidez y la incultura del país». El audio de esta noticia utiliza una voz sintética generada por Inteligencia Artificial y podría presentar alguna inconsistencia. Dos jóvenes utilizan sus teléfonos inteligentes para comunicarse. Anuncio de Catherine Falls (Getty Images) Ayer dijimos que el emperador Marco Aurelio anunció un buen día en el que, a partir de ese momento y para siempre, dejó de tener cualquier tipo de opinión sobre cualquier otra cosa. Qué envidia daba su sabia decisión, lo descansado que debía de estar y qué envidia teníamos todos, tal y como dijimos ayer. Hoy también decimos (porque se nos acaba de ocurrir) que es una experiencia al alcance de cualquiera de nosotros. No es más que un gesto básico de desprecio, de ruptura. No es más que una sola frase que dice «adiós a todo eso», dar la espalda a la inmensa y innoble extensión de nuestras redes sociales, ese bufé envenenado que muestra a diario cómo es la vida pública de una buena (mala) parte de nuestro país: un despliegue constante y obsceno de intolerancia, exasperación y analfabetismo profundizados hasta la saciedad. ¿Qué frase mejor podríamos utilizar ahora para decir adiós a las redes y a la tiranía de tener que comentarlas? Elijo una que estos días cumple 10 años. Juan Marsé la escribió en el verano de 2016: «Las redes sociales están extendiendo y multiplicando la estupidez y la incultura del país. Están haciendo merito para conseguir la inteligencia artificial». Otra frase, si la hubiera, también nos resultaría útil, ya que nos proporcionaría información sobre un problema que se consideraría hostil, pero que afecta a cualquier opinión pública que pudiéramos tener. Está en *Te sentarás de cabeza*, de Ignacio Peyró: «Al igual que Stendhal se preguntaba a quién había halagado cada día, nosotros tendremos que preguntarnos a quién hemos ofendido sin saberlo». Es un problema, si se quiere, de segunda categoría, pero cada vez está más presente en las redes, como si estas se complacieran en buscar su propia ruina. El problema es que muchas veces, sin darnos cuenta, al alabar a una persona, estamos pisándole la cola a otra. No lo dijimos ayer, pero conviene expresarlo ahora: no es que no se pueda dar un paso, pero casi. La parte positiva del asunto (que siempre existe en todo) sería que, por ejemplo, pudiéramos dejar de tener cualquier tipo de opinión sobre cualquier cosa para siempre y, al mismo tiempo, dedicarnos en privado al arte secreto de cambiar de opinión. Sería útil comprender que, a veces, es urgente olvidar lo que creíamos, o al menos olvidar la fe y la convicción con las que creíamos, porque ahora creemos en algo completamente diferente que conocemos de forma más profunda y veraz. En una nación dividida entre los que «decían ayer» y los que «dicen hoy». ¿O es que no sabemos que la memoria se deteriora y que los hechos, con el paso del tiempo, a veces pueden ser vistos incluso de una manera radicalmente diferente por un «yo» que, sobre todo, no sabe qué lugar ocupa dentro de nuestro cerebro? ¿Y qué nos dice el hecho de que tales incertidumbres puedan llevarnos a preguntarnos, por ejemplo, si los narradores deberían explicar «de qué tratan sus obras», o si deberían dejar de entrometerse entre su libro y el lector, revelando el sentido de algo que ya no les pertenece y que quizá nunca les haya pertenecido? Sobre la obra de Enrique Vila-Matas (1948). Narrador que mezcla ficción y ensayo. En su obra destacan «Historia abstracta de la literatura portátil», «Bartleby y compañía», «El mal de Montano», «Kassel no invita a la lógica» y «Montevideo». Premio Médicis-Étranger, Premio FIL de Guadalajara, Premio Formentor, Premio Rómulo Gallegos. Traducido a 38 idiomas. Normas › Mis comentarios Introduce tu nombre y apellidos para comentar. Completa los datos. Por favor, activa JavaScript para ver el & lt, a href = «https: / / disqus. com /? ref _ noscript» rel = «nofollow» & gt, comentarios proporcionados por Disqus. & lt, / a & gt, Más información Archivado en CulturaEnrique Vila-MatasOpiniónRedes socialesTecnología digitalInteligencia artificial Juan MarséIgnacio Perei está interesado en este contenido,

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Ayer decíamos que el emperador Marco Aurelio declaró un buen día y que, a partir de ese día, no tendría opinión sobre nada. Qué envidia daba su sabia decisión, qué descansado debía de estar y qué envidia teníamos todos ayer. Hoy también decimos que es una posibilidad para cualquiera de nosotros porque acabamos de pensar en ello. No es más que un simple gesto de desprecio y ruptura. No es más que una simple frase que dice «adiós a todo eso», dar la espalda a la inmensa y innoble extensión de nuestras redes sociales, ese bufé envenenado que muestra a diario cómo es la vida pública de una buena (mala) parte de nuestro país: un despliegue constante y obsceno de intolerancia, exasperación y analfabetismo profundamente arraigados. Sigue leyendo.

 

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