El «cantante» inicia la gira española de su álbum, «Taracá», tras haberlo cantado por toda Hispanoamérica: «Vivo en un jet@-@ lag permanente».
Esta entrevista se realizó en dos sesiones para encajar el sudoku de la agenda del entrevistado con el trabajo actual. La primera, hace unas semanas, en la sala Michael Jackson de la sede de su discográfica en Madrid, un espacio ultramoderno repleto de artistas y sus respectivas comitivas, donde Drexler, coqueto, posó largo rato para el fotógrafo. La segunda, hace un par de días, por teléfono, desde la soledad de su habitación de hotel en la Ciudad de Guatemala, donde actuó esa noche antes de volar a Costa Rica y poner fin, el 12 de septiembre, a su larguísima gira estadounidense antes de comenzar, el día 26, en Madrid, la española. Pero empecemos por el principio. Estamos solos, dos parciales cara a cara, en el estudio de Michael Jackson, con sus famosas paredes de satén, sus fotos del gran ídolo del pop caído como hombre y su bola de discoteca en el techo. ¿Te acuerdas de dónde estabas cuando se estrenó el vídeo de «Thriller»? Bueno, debería acordarme, porque tenía 18 años, pero en aquella época lo que estaba en el aire era la apertura política en mi país, Uruguay, y la construcción de una identidad uruguaya. Tengo un vacío musical de todos los años 80, que luego recuperé en los 90. Vi en directo la caída de una dictadura desde mi facultad. Las dictaduras generan reacciones que no están exentas de chovinismo; tu mundo se convierte en el epicentro y tú mismo te conviertes en un ser unitario y exclusivo. Una dictadura agonizante es un mal muy grave. Me imagino que yo también tendría días gloriosos en esa facultad. Claro. Me había metido en medicina sin pensarlo mucho, por tradición familiar: mis padres y mi tío eran médicos. Pero, como era buen estudiante y sacaba buenas notas sin esforzarme, me parecía mucho más importante lo que pasaba en la calle. La medicina es una carrera científica. ¿Cuánta ciencia hay en una canción? Toda la que quieras: desde cero hasta el todo. Pero he ocultado tanto mi parte de ciencia como la de letras. Pagué mis dos primeros discos con el sueldo de médico. Llevo diez años ocultando mi pasado como médico a los músicos. En la Guardia Civil, escondía la guitarra porque pensaba que no estaba bien visto, y luego, en el Ludovico, el club donde tocaba, escondía la bata blanca en el estuche de la guitarra. ¿Te sentías un intruso en ambos mundos? Sí. Y tuve ese síndrome de intruso hasta mucho más tarde, cuando ya estaba en España y había compuesto canciones para Ana Belén y Víctor Manuel. La primera vez que me reconcilié conmigo mismo fue cuando me di cuenta de que todo se transforma. Ahí acepté la ley de la conservación de la energía de Lavoisier y dije: «Escribiré una canción aplicándola a las relaciones humanas». Reconcilié los dos mundos. Fue un acto de autoaceptación y, de repente, todo empezó a fluir más rápido en mi carrera. ¿Dijiste «¡Eureka! » cuando ocurrió? Por supuesto. Una persona es como un diapasón. Si no vibra en su totalidad, no vibra igual. Estaba ignorando una parte de mi realidad que no quería ver. Y fue una gran superación. Solías preguntar cuánta ciencia había en una canción. Esa es la pregunta que nos aterroriza a todos los que escribimos, porque a todos nos encantaría tener una fórmula, pero no hay fórmula, y cuando algo funciona, lo sientes muy claramente. Pero también me pasó con otras, y al final tuve que sacarlas del repertorio. ¿Qué viene primero, la letra o la melodía? La respuesta a esa pregunta es lo único que importa en el género de la canción, y es la interfaz entre ambas. Cuando tengo que expresar de alguna forma lo que hago, siempre digo que no soy poeta, ni compositor: soy cantante: la integración y la interacción entre un lenguaje simbólico, que es el texto, y otro abstracto, que es la música. Los primeros protolenguajes fueron los que las madres cantaban a sus hijos. Empezamos a cantar antes de tener sintaxis. Que, de entre todas las especialidades, eligiera la otorrinolaringología y se dedicara al canto, sin perder nunca su encanto. Sí, me interesan mucho la audición y la fonación. He trabajado mucho con personas sordas y puede que haya tenido una obsesión por la inteligibilidad. Como las letras a veces tienen localismos o curiosas figuras retóricas, intento sacarlas a relucir lo mejor que puedo. Me gusta que me entiendan. ¿Cuánto tiempo tardas en componer una canción? Bueno, a veces, quince años. En este álbum hay canciones que empecé en 2013 y que acabo de terminar ahora. ¿Y qué haces con ellas, las dejas en suspenso? Sí, cuando siento que aún no están listas. En este álbum, *Taracá*, hay una que se llama *The Boy Drum*, que alude a nuestro ritmo afro-uruguayo. La compuse en 2013, pero no encontraba su sitio, le faltaba algo. Hasta que, un día, encendí la grabadora y salió de una vez: esa canción la escribí en 13 años y 15 minutos. Parece ser un veredicto. No me lo creo. Cuando estoy componiendo, trabajo ocho horas al día para hacer un disco, y luego paso un año y medio o dos sin componer, cultivando esa idea y preparando la siguiente. En esta gira, por ejemplo, estoy absorbiendo cosas. El otro día, por ejemplo, se me ocurrió una idea. ¿No te pasa que a veces te parece que todos en el trabajo podrían ser tu hijo? Oye, tu hijo… y tu nieto. Ja, ja. No pasa nada. Algunos de los músicos de mi banda y su música podrían serlo, porque les saco más de 20 años a sus padres. ¿Cómo se lleva eso? Siempre se lo preguntamos a las mujeres, no a los hombres. Bueno, es ver cómo todo un sistema se deteriora poco a poco y eso cambia la sensación. Tiene un lado duro: ves fotos antiguas tuyas y dices: «Mira, no me daba cuenta de que era guapa en aquella época, y pensaba que era fea, y sin embargo ahora es difícil no parecer fea». Por otra parte, tú, como médico, sabes lo que nos espera. Sí, sé lo que pasa y, lo que es peor, lo que puede pasar. Lo peor de ser médico y no hacer ejercicio durante 30 años es que solo recuerdas lo malo. Lo único que te queda es la hipocondría. La gente que vive conmigo te diría que soy un hipocondríaco empedernido; creo que es lo correcto. Si lo piensas bien, vivimos gracias a un milagro. Superar la entropía y mantener una estructura bípedo durante 80 años, con la ilusión de que se trata de una entidad con identidad, es claramente un milagro. Una locura. ¿Ha llegado el «carpe diem»? Por supuesto. Voy a una clase de candombe tan pronto como termine la entrevista. Tomo clases de baile en todos los sitios a los que voy a tocar. Empecé tarde y se me da mal, pero tengo ganas. Creo que estoy mucho más conectado con mi cuerpo que cuando tenía 25 o 30 años. Desde que cumplí los 50, siento una especie de alegría corporal, como para decir: «Mira, úsalo, disfrútalo, porque se va». Como dice Clint Eastwood, no dejo entrar al viejo. También es cierto que trabajo con gente más joven que yo. Y me encanta. Soy fan de Bad Bunny y me gustan Atahualpa Yupanqui y Violeta Parra; no veo ninguna contradicción en ello. Todo eso está en mis canciones antes que la duda, el baile. Drexler, en la sede de su discográfica en Madrid. SAMUEL SÁNCHEZ ¿Cómo afecta al ego escribir para otros? Bueno, ahora lo hago de vez en cuando. Todavía me llama Shakira cuando tiene algún lío con alguna letra. No te olvides de que escribí «Loba» y «Waka, waka». Ahora te veremos en Madrid, en tu casa; soy amigo de la familia y hablamos mucho. «Loba» es un himno feminista. Y estoy muy orgullosa de haber convertido la palabra «licántropa» en femenino. ¿Te gustaría que la RAE reconociera una palabra tuya? Ja, ja. Bueno, mira, por ejemplo, «Taracá», que es el título del disco, es un neologismo del que me siento orgullosa, porque, además de ser la onomatopeya del tambor de los niños, también es una declaración de amor por lo hispanoamericano, un concepto que me gusta más que el de «latino», porque incluye a Brasil y a Portugal. Yo, cuando estoy en Uruguay, digo «aquí», y cuando estoy en Madrid, «aquí». Es un cambio automático. Soy un madrileño nacido en Montevideo. Cruzo el Atlántico veinte veces al año, vivo con un jet lag continuo. Escribes canciones de amor. Llevas muchos años con Leonor Watling. ¿Cómo evoluciona el amor con el paso del tiempo? Mira, escribir canciones es un ejercicio subconsciente. Al menos, el tipo de canciones que me gustan. También puedo escribirlas por encargo, sentarme una semana y rimar para otra persona, pero escribir sin partir de lo que siento no es lo que me gusta. Así que, a veces, mientras escribo, se me eriza el pelo, se me llenan los ojos de lágrimas y sigo ahí fuera. Por eso, mis canciones me delatan mucho, por mucho que lo lamente. No tengo un diario personal, pero tengo las canciones. Entonces tendré que escuchar las nuevas. Hay una que se llama «¿Qué es el amor? », que se adentra y se sumerge en el misterio del amor, intentando comprender cuál es su esencia. Amar sin ser amado no nos sirve de nada, y amarte a ti, sin ti, tampoco. Pero cuando los dos polos se unen, amar y ser amado al mismo tiempo durante décadas es un milagro. Igual que la vida, de la que hablábamos antes. El amor es un desequilibrio estable. Si partimos de la base de que es imposible vivir en pareja durante tanto tiempo, uno encuentra la alegría de seguir adelante, contra todo pronóstico. ¿Has hecho el ejercicio de pedirle a la IA una canción «de Drexler»? Sí, y ha salido fatal. No solo le he pedido una canción, sino también formatos de versos de métrica fija, que es más fácil, pero no. Mira, hay una definición de la poesía de Allen Ginsberg que me encanta: «la poesía es una palabra empoderada». La IA tiene la capacidad de escribir de forma sintáctica y semántica a la perfección, pero no encontrará dos palabras, una tras otra, que, juntas, se potencien. La IA es una constructora mediocre y la poesía es, precisamente, una destructora de medios. ¿Cuál es tu opinión sobre el panorama político? He dejado de opinar públicamente sobre política. En cuanto a opiniones, en general. Creo que es un acto de orgullo pensar que, por el hecho de escribir canciones, tienes que opinar sobre todo. Por supuesto que tengo una opinión, pero prefiero tender puentes. Las opiniones polarizadas y los puentes te llevan a ponerte en el lugar del otro, y eso es esencial para mí. La música es un elemento de sincronía. Así, hace 45 000 años, ya se encontró en Alemania una flauta tallada en hueso de mamut con una escala pentatónica como las que se utilizan hoy en día, 30 000 años antes de que entendiéramos que plantar una semilla y cubrirla te alimentaría. La música es una herramienta para la sincronización y para ponerte en la piel del otro. Y eso fue, y sigue siendo, un ejercicio de resistencia. Cuando Jorge Drexler (Montevideo, Uruguay, 61 años) se reconoció a sí mismo como «cantautor», ya había compuesto varias canciones de éxito, tanto para él como para otros. Pero no fue hasta 2004, con la composición y el éxito inmediatos de su tema «Todo se transforma», cuando se aceptó a sí mismo como tal. Anteriormente había estudiado y ejercido la medicina, en la especialidad de otorrinolaringología, en su Uruguay natal. Diecisiete premios Grammy Latinos y un Óscar a la mejor canción original más tarde, ahora estrena la gira española de su álbum «Taracá».
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Esta entrevista se llevó a cabo en dos sesiones para conciliar la agenda del entrevistado con el trabajo que se está realizando hoy. La primera tuvo lugar hace unas semanas en la sala Michael Jackson de la sede central del sello en Madrid, un espacio ultramoderno frecuentado por artistas y sus respectivos públicos, donde Drexler, coqueto, posó durante un buen rato para el fotógrafo. La segunda, hace un par de días, por teléfono, desde la soledad de su habitación de hotel en la Ciudad de Guatemala, donde actuó esa noche antes de volar a Costa Rica y poner fin, el 12 de septiembre, a su larguísima gira estadounidense, antes de comenzar, el día 26, en Madrid, la española. Pero empecemos por algún sitio. Estamos solos, dos personas con opiniones encontradas, cara a cara, en el estudio de Michael Jackson, con sus famosas paredes de satén, sus fotos del gran ídolo del pop caído en desgracia como hombre y su bola de discoteca en el techo. Sigue leyendo INTRUSO EN DOS MUNDOS Cuando Jorge Drexler (Montevideo, Uruguay, 61 años) se reconoció a sí mismo como «cantautor», ya había compuesto varias canciones de éxito para él y para otros. Pero no fue hasta 2004, con la composición y el éxito instantáneos de su tema «Todo se transforma», cuando se aceptó a sí mismo como tal. En su Uruguay natal, había estudiado y ejercido la medicina en el ámbito de la otorrinolaringología. Diecisiete ganadores de los Grammy Latinos y un Óscar a la mejor canción original están promocionando actualmente la gira española de su álbum «Taracá».
