En «Letras torcidas», el periodista Juan Cristóbal Pea narra la vida del escritor chileno cuya casa, Lo Curro, acogió eventos literarios y sirvió de sede de la DINA.
La escritora chilena Mariana Callejas (Monte Patria, 1932 – Las Condes, 2016) no ha caído en el olvido, aunque resulta difícil encontrar sus libros. Sobre ella y su obra se cierne una sombra densa y macabra debido a su labor como agente de la DINA y coautora de atentados. Tuvo tres matrimonios, cinco hijos, un buen puñado de relatos y algunos libros publicados, hoy descatalogados, pero lo cierto es que es su propia vida la que parece el argumento de una novela. Callejas se escapó de casa en la adolescencia para dejar el colegio y casarse. Poco después, abandonó Santiago y se marchó a Israel, primero al kibutz de Naan y luego a Kisufim, donde llegó en 1951. De allí se trasladó a Nueva York, ciudad que inspiró algunos de sus relatos, antes de regresar a Santiago. En la capital chilena conoció entonces a su tercer marido, Michael Townley. Él tenía 17 años y ella, 28. Pasaron una temporada en Miami hasta su regreso definitivo a Chile poco después del golpe de Pinochet, el dictador para el que ambos trabajaban como agentes de la DINA. Mientras ella se abría paso en el panorama literario y asistía al taller de Enrique Lafourcade —que acabó organizando en su propia casa—, la pareja llevó a cabo operaciones tan sonadas como los atentados contra los ministros de Salvador Allende que se encontraban en el exilio: Carlos Prats en 1974 en Buenos Aires y Orlando Letelier en 1976 en Washington. Townley fue deportado a Estados Unidos cuando se filtró su participación en esta última operación en 1978. Callejas pasó unos meses en prisión en 2003 y tuvo un largo proceso judicial, pero logró evitar más condenas. Su condena de 20 años se redujo a cinco sin prisión en 2010. Falleció en una residencia de ancianos en Santiago, afectado por el párkinson, hace ya 10 años. Hubo una miniserie, *Mike & Mary* (2018), sobre su historia, pero también se le mencionó a Pedro Lemebel en el texto «Las orquídeas negras de Mariana Callejas», a Roberto Bolaño en la novela *Nocturno* de Chiley Nona y a Fernández en la obra teatral «El taller», quienes, entre otros, han abordado literalmente la historia de Callejas, en particular aquellas veladas y encuentros de escritores que, en el Santiago de los años 70, la escritora organizaba en sus inicios en la casa de Lo Curro, que compartía con Townley y sus hijos a las afueras de Santiago, la misma vivienda que sirvió a la DINA. Vista de la casa Lo Curro, en las afueras de Santiago de Chile, que sirvió de cuartel a la DINA de Pinochet y fue el hogar de Mariana Callejas. La imagen forma parte del peritaje judicial adjunto al expediente chileno sobre el asesinato de Orlando Letelier en Washington. El cronista chileno Juan Cristóbal Peña desentraña el mito que ha rodeado a la siniestra figura de Callejas y desentraña su intrincada biografía en *Cartas de Torcada* (publicado originalmente en Chile por la UDP y que llega a España bajo el sello Debate). El libro reconstruye su vida a partir de expedientes judiciales, cartas y entrevistas con un amplio círculo de personas, incluida la propia escritora. De hecho, el germen fue la serie de conversaciones que escribió para el Centro de Investigación Periodística y que mantuvo con la escritora en 2010, cuando la condena contra Callejas por el atentado contra Carlos Prats se encontraba en última instancia. Imagen del 30 de septiembre de 1974 del coche en el que viajaba el general chileno Carlos Prats, jefe del Ejército bajo el mandato de Salvador Allende, tras la explosión de una bomba en el atentado que costó la vida al general y a su esposa en Buenos Aires (Argentina), y que fue perpetrado por Michael Townley y Mariana Callejas. APMás de una década después, al recibir una propuesta de Leila Guerriero para elaborar un libro, Peña volvió a esas conversaciones en las que Callejas se rebelaba contra su condición de paria. «Cuando la visité, hacía unos años que había pasado unos siete meses en prisión. Me contó que había leído a Bolaño mientras estaba en la cárcel, con esa arrogancia, esa actitud de que a él no le habían alcanzado las balas. Tenía un carácter atractivo. Tenía un cierto magnetismo, cautivaba. Ella se mostraba muy negativa, muy anclada en su guion de que no sabía lo que estaba pasando, como una actriz de reparto en esa historia de terror, pero está demostrado que ella y Townley hicieron más de lo que se les pidió y actuaron como terroristas internacionales de Pinochet por todo el mundo», afirma Peñ. Había artículos periodísticos sobre los crímenes internacionales de la DINA en los que estaban implicados Callejas y Townley, además de películas, obras de teatro y novelas. «Recurrí a estas lecturas para situarlas a la luz de las pruebas y observar el cruce entre el crimen y la literatura: lo que ella escribía cuando era agente de la DINA», explica Peña, que visitará España este septiembre para participar en el Festival Centroamericano. «También me interesaba algo más prosaico: la vida doméstica de una agente de la policía política de Pinochet que seguía siendo la doña de su casa con cinco hijos, dos de ellos menores de edad; la intimidad de ese matrimonio que llevaba a cabo las tareas más importantes del terrorismo de Estado. Había niños que gritaban, eran torturados y asesinados en la casa donde él acogía a un círculo de artistas y se producía literatura. Es una película de terror no solo por las atrocidades que allí se cometieron, sino también por el entorno familiar». Retrato familiar de Mariana Callejas y Michael Townley con sus dos hijos menores. En las páginas de *Letras torcadas*, otro de los temas es el secuestro de un sacerdote y dos mujeres, cercanas a los principales accionistas del Banco de Osorno, retenidos en Lo Curro, y el asesinato del diplomático español Carmelo Soria en esa misma casa, donde Townley también tenía un laboratorio en el que experimentaba con gases, explosivos y dispositivos eléctricos. «Es difícil entender que los escritores que frecuentaban esa casa no vieran nada que les llamara la atención, algo extraño. Pea recuerda un período oscuro durante el cual la gente iba a desaparecer de forma significativa. «Lo Curro funcionó como un polo de atracción literaria durante dos o tres años y eso dice mucho del clima de la época de quienes se encontraban en Chile: de complacencia, trauma y negación». Vista de la casa de Lo Curro, en las afueras de Santiago de Chile, que sirvió de cuartel a la DINA de Pinochet y fue el hogar de Mariana Callejas. La imagen forma parte del informe pericial judicial adjunto al expediente chileno sobre el asesinato de Orlando Letelier en Washington. Cuando Townley fue deportado a Estados Unidos, los registros y documentos acumulados en la vivienda fueron quemados en 1978 en una hoguera en el jardín. Callejas conservó esa residencia hasta que fue desalojada en 1995. A pesar de su destierro del mundo literario, en 1981 autopublicó un libro de relatos, *La larga noche*, bajo el sello «Ediciones Lo Curro». «Es muy perverso y mezclan el descaro con la necesidad de salvaguardar su vida. El relato que da título a la colección trata sobre un hombre al que torturan y creo que ella estaba enviando una señal con ello, porque lo que tiene que sobrevivir desde finales de la década de 1970 son los secretos de los crímenes de la DINA», señala Peña. «Había escrito relatos sobre guerrilleros en la década de los setenta, algunos con final feliz y otros trágicos. Y lo más inquietante es que los leyó en aquel taller en su casa cuando era agente de la DINA». También escribió la autobiografía «Sow winds» (1995), en la que se la describe como «vehemente e impulsiva». «Era una mujer desafiante y misteriosa que, al límite de un feminismo avanzado, hace lo que le da la gana. No tiene grandes convicciones políticas; las suyas tienen más que ver con necesidades económicas y de estatus, animadas por un carácter aventurero, por el peligro y la violencia», afirma Peña. «Era muy liberal en lo sexual, muy libre. Su casa, Lo Curro, estaba decorada con un estilo un poco hippy-New Age, con artesanía; allí fumaba marihuana y bailaba». El taller literario se formó en torno a Enrique Lafourcade y contaba entre los jóvenes asiduos con Carlos Franz, Carlos Ituri y Gonzalo Contreras, los «Niños», como los llamaba Callejas. La profesora, una auténtica admiradora del escritor, enfrió la relación cuando descubrió que su marido era miembro de la DINA, pero más tarde volvió a ponerse en contacto con él. Carlos Ituri escribió sobre todo ello en el relato «Caída en la desgracia» y siempre fue un firme defensor del talento del autor. Carlos Franz ha eludido el tema y, cuando se refirió brevemente a él en una entrevista, Callejas no perdió la oportunidad de responderle y decir que Franz siguió visitándola hasta la década de 1980. Mariana no quiso esconderse y siguió acudiendo a la Sociedad de Escritores de Chile, la misma que había fundado Pablo Neruda, «como si no arrastrara un pasado infame, como si fuera otro», escribe Peña. Y fue allí donde Matilde Thief de Guevara se le encaró en 1985 gritándole, hasta que Callejas se marchó. En realidad, fueron muchos los escritores o artistas que pasaron por Lo Curro, un lugar que escapaba al toque de queda. De Nicanor Parra a Carlos Leppe. La fiesta tras la inauguración de una exposición de este artista acabó trasladándose a la casa de Callejas y parece que allí, según Peña, comenzó «la historia de los siniestros hallazgos en las habitaciones de la casa» que Bolaño inventó en su novela. Aquella noche, el escritor Cristian Huneeus comentó que la casa le parecía muy extraña y que fue a recorrerla con el pretexto de buscar un baño, y se topó en una habitación con dos tipos que manipulaban un enorme equipo de radio y «lo miraban de muy mala manera». Les dijo al grupo con el que estaba que tenían que marcharse de allí rápidamente, y se fueron. Pero el recuerdo de Lo Curro y sus horrores no se borra, y la historia de los sangrientos Callejas, con esa «frivolidad perversa de quienes ejercen el terrorismo de Estado por diversión», como aprecia Peña, «despierta curiosidad y da pie a la literatura».
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Mariana Callejas, escritora chilena (Monte Patria, 1932-Las Condes, 2016), no ha perdido su talento literario, aunque resulte difícil encontrar sus libros. Proyecta una sombra densa y macabra sobre su obra como agente de la DINA y coautora de ataques contra ella y su obra. Estaba casado y tenía cinco hijos, había publicado varios libros y, desde entonces, ha sido inhabilitado, pero la realidad es que su vida tiene un argumento similar al de un libro. Sigue leyendo.
