La deslumbrante ‘DAU’ culmina en Venecia la monumental epopeya experimental sobre el Nobel ruso Lev Landáu

En un día en el que la actriz Alba Rohrwacher enmarcó el retrato de una directora de recursos humanos obediente, tiene lugar el montaje final del proyecto multidisciplinar, radical y polémico de Ilya Khrzhanovskiy.

  

Su belleza, locura y genio convirtieron este miércoles, día del montaje final del proyecto multidisciplinar DAU, en la mejor película que jamás se haya proyectado en la sección competitiva del Festival de Venecia, sobre el premio Nobel de Física ruso Lev Landáu. Por desgracia, se enfrenta a la inevitable rusofobia provocada por la guerra de Ucrania y a la polémica que rodea a este peculiar proyecto. Se rodó entre 2008 y 2011 en un gigantesco decorado construido en Ucrania, donde Ilya Khrzhanovskiy creó un universo propio con miles de actores y figurantes que, durante meses y años, se sumergieron en una realidad paralela en la que se vieron obligados a vivir como sus personajes y de la que surgieron 14 películas, varios programas y cuatro series. Casi dos décadas después de aquel delirio, con algunos escándalos a sus espaldas por cómo se traspasaron los límites entre la creación artística y la explotación real —todo lo que ocurrió dentro de aquel «Truman Show» estalinista (para que nos entendáis: ni siquiera se permitían los tampones, porque son un lujo de otra época), la monumental epopeya experimental se resuelve con un último y deslumbrante montaje de 195 minutos presentado en el Lido. DAU funciona de forma independiente respecto al resto del proyecto porque, de alguna manera, todo culmina y confluye en ella. Su historia comenzó en 1928 y concluyó cuatro décadas más tarde, en 1968. En sus primeras secuencias, con orquestaciones grandiosas que se remontan a la grandeza plástica de los grandes estudios, pero con una mirada quebrada y alusiva, Lev Landáu camina en voz alta y con arrogancia por las calles de San Petersburgo, llenas de vida y barro. Como un Mayakovski científico, luce una chaqueta de un rojo brillante que destaca su individualidad entre caballos, perros, mujeres, soldados y niños. Pero, a diferencia del majestuoso poeta de la revolución rusa, Dau no se pegó un tiro cuando la deriva totalitaria puso fin a la fiesta, sino que decidió seguir adelante, y esa fue su tragedia. Ilya Khrzhanovskiy, este miércoles en Venecia. Durante una película en la que el vestuario de una fiesta evoca la imaginación febril de la vanguardia rusa o en la que un centro de investigación científica se convierte en una ratonera dirigida por burócratas, afirmó Khrzhanovskiy el miércoles. El director ruso afincado en Berlín comenzó su epopeya cuando tenía 29 años y, tal y como explicó este miércoles, ha necesitado todos estos años y todas sus ramificaciones para salir de ese túnel que, con el tiempo, surgió de 700 horas de metraje, rodadas en 35 milímetros. En el Lido, tuvo que defenderse de las críticas del Festival de Venecia por parte de Ucrania por programar una película que inicialmente se rodó con el dinero del oligarca ruso Sergey Adonyev. «En esta guerra estoy del lado de Ucrania, quiero su independencia, así lo he manifestado públicamente, pero las circunstancias en las que se rodó esta película eran muy diferentes, y nadie sabía lo que iba a pasar». «Desde entonces se han sumado muchos otros inversores», afirmó. El protagonista, el director de orquesta Teodor Currentuzis, no acudió al Lido, precisamente debido a su postura firme en el conflicto. Currentuzis es de origen griego, y Khrzhanovskiy explicó por qué quería que fuera él quien diera vida a Landau. «Mi idea es que el genio siempre es un extranjero y Teodor también pertenece a una cultura que representa el origen precristiano de nuestra civilización. Su concepción del destino y la libertad está muy presente en DAU, que es una tragedia griega», añadió Khrzhanovskiy, cuya visión del totalitarismo soviético está impregnada de un lenguaje que él relaciona con la física contemporánea. «Es su núcleo conceptual, de ahí que surja el lenguaje de la película», explica. Casey Affleck, en la gala de su película «Comedy». Yara Nardi (REUTERS) Aunque no es fácil abandonar el sueño que inspira DAU, el certamen continuó con Company, del actor y director estadounidense Casey Affleck. Se trata de una historia gótica en tres tiempos y tres escenarios en la que tres personajes cuentan su historia. La película tiene cierto encanto folclórico, pero resulta un poco insípida. Desde la izquierda, Stephane Brizé, Alba Rohrwacher y Vincent Lindon, en Venecia. «Un bon petit soldat», de Stéphane Brizé, por Yves Herman (REUTERS), es, por su parte, un retrato del mundo laboral y de la explotación laboral en empresas muy exigentes y extravagantes. Te ríes mucho sin que resulte gracioso. La protagonista es la actriz Alba Rohrwacher, que está inmensa en el papel de una directora de recursos humanos dedicada y ambiciosa en una compañía de seguros que prepara un comunicado corporativo sobre lo felices que son sus empleados. La película funciona a la perfección como un circuito cerrado —casi todo ocurre en sus grises oficinas— de lo que significa hoy en día este mundo corporativo y lo que implica el servilismo capitalista. Brizé consigue una obra inteligente que habla de una nueva banalidad del mal: la de obedecer siempre a los jefes.

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Su belleza, locura y genialidad convirtieron este miércoles, en el montaje final del proyecto multidisciplinar DAU, dedicado al premio Nobel de Física ruso Lev Landáu, en la mejor película jamás proyectada en la sección competitiva del Festival de Venecia, con su concepto radical y fuera de lo común. Lamentablemente, choca con la inevitable rusofobia provocada por la guerra de Ucrania y la polémica en torno a este peculiar proyecto. Ilya Khrzhanovskiy creó un universo propio con miles de actores y figurantes que, durante meses y años, se vieron obligados a vivir como sus personajes, y del que surgieron 14 películas, varias instalaciones y cuatro series. Se rodó entre 2008 y 2011 en un gigantesco decorado construido en Ucrania. Sigue leyendo

 

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