‘Los hombres de Hiroshima’, relato de la bomba atómica a través de sus protagonistas

Por Susana Gutiérrez. Fuente: El País. Un resplandor más intenso que el de la superficie del Sol convirtió el cielo de Hiroshima en una fragua infernal el 6 de agosto de 1945. Una explosión cegadora provocada por la detonación de la bomba de uranio «Little Boy» acabó de repente con la vida de 80 000 personas y condenó a decenas de miles más a una lenta agonía por la radiación. El fuego de los «mil soles» —como lo evocó J. Robert Oppenheimer evocó aludiendo al Bhagavad-gita —fue seguido de una oscuridad artificial: una gran columna con forma de hongo que sumió a la ciudad en las sombras y desató una lluvia tóxica de gotas negras de materia radiactiva sobre los traumatizados supervivientes.. Cinco rostros para un apocalipsis. En los 81 años transcurridos desde aquella hecatombe que cambió la historia de la humanidad, el reconocido historiador escocés Iain MacGregor, autor del aclamado *El faro de Stalingrado*, aborda el primer ataque nuclear desde una perspectiva profundamente humana y cinematográfica en su nueva obra *Los hombres de Hiroshima* (Book Attic, 2026). El volumen reconstruye el cataclismo a través del prisma de cinco figuras clave cuyos destinos y decisiones se convirtieron fatalmente en un desastre:. Robert Oppenheimer: un gran físico que dirigió el desarrollo científico del arma atómica en el laboratorio de Los Álamos.. Leslie Groves: general inflexible y cerebro logístico del Proyecto Manhattan, defensor acérrimo del uso de la fuerza nuclear.. Paul Tibbets Jr. : piloto militar que comandó y pilotó la superfortaleza voladora B-29 «Enola Gay» para lanzar el mortífero artefacto.. John Hersey: Un audaz corresponsal de guerra que reveló a la opinión pública internacional la pesadilla oculta de la intoxicación por radiación.. Senkichi Awaya: Alcalde de Hiroshima, un sensato administrador civil que pereció junto a su nieta de tres años bajo el epicentro de la explosión.. MacGregor explica que su objetivo principal era alejarse del ensayo académico árido y distante para estructurar la obra con la tensión narrativa de un guion cinematográfico, cautivando al lector a través de las pasiones, las contradicciones y los dilemas morales de sus protagonistas. Aunque el eje central gira en torno a este quinteto de hombres, la investigación saca a la luz testimonios conmovedores de mujeres que han perdido la vida, como Michiko Kodama. El hibakusha (afectado por la bomba), al que se le hizo la entrevista cuando aún estaba en el colegio, recuerda el instante del impacto como un fuego indescriptible de tonos amarillos, naranjas y plateados, antes de deambular por un paisaje de pesadilla poblado por multitudes calcinadas que caminaban con la piel desprendida en tiras.. El alcalde se vaporizó dos veces. Uno de los hallazgos más notables de la exhaustiva investigación de MacGregor es el rescate de la figura histórica de Senkichi Awaya, un personaje trágicamente relegado en su propio país. Devoto, cristiano, políglota y de modales eduardianos, Awaya mantuvo una peligrosa distancia respecto al feroz militarismo imperial japonés. Envió a su esposa a la aparente tranquilidad de Hiroshima creyendo que allí estaría a salvo tras haber sido testigo de la brutal destrucción causada por el bombardeo incendiario convencional de Tokio. Lo que nunca sospechó fue que los comandantes aliados mantuvieron deliberadamente la ciudad intacta para medir con precisión técnica el poder destructivo de la bomba atómica. MacGregor señala con amargura cómo el líder local fue vaporizado dos veces: primero físicamente por el calor extremo de la detonación y luego por la amnesia de la memoria colectiva.. El texto también profundiza en los complejos aspectos logísticos y militares que hicieron posible la misión del Enola Gay. El artefacto «Little Boy», con sus 4. 509 kilos de peso y 3, 6 metros de longitud, llevaba la estricta consigna de que el piloto nunca regresara a la base con la carga explosiva. Por otra parte, se analiza cómo John Hersey utilizó un método pionero de periodismo narrativo coral para su famoso artículo publicado en *The New Yorker* en agosto de 1946, que sacudió la percepción de la sociedad estadounidense al sacar a la luz información falsa sobre los efectos a largo plazo de las toxinas radiactivas. . El pragmatismo de la guerra total. Al examinar el debate ético sobre la decisión tomada por el presidente Harry S. Truman, MacGregor invita al lector a situarse rigurosamente en el clima convulso de 1945. Las sangrientas batallas de Iwo Jima y Okinawa, además del fanatismo por descifrar el codiciado código, permitían predecir que la Operación Downfall (la invasión terrestre de Japón) costaría entre 400 000 y 800 000 vidas estadounidenses y entre 5 y 10 millones de bajas japonesas. Para el presidente estadounidense, un antiguo oficial de artillería de la Primera Guerra Mundial, la bomba atómica no suponía un salto cualitativo hacia la inmoralidad, sino simplemente un proyectil devastador más dentro del marco de la guerra total.. Las encuestas realizadas a finales de agosto de 1945 revelaron que una abrumadora mayoría del 85 % de la población de Estados Unidos aprobaba sin reservas el lanzamiento de bombas nucleares. Se estima que solo doscientas personas en todo el planeta comprendieron verdaderamente la naturaleza mortal de la intoxicación radiactiva residual. Esta situación social y política estuvo predeterminada por una ignorancia generalizada. Tal era la ignorancia táctica que el propio Departamento de Guerra contempló el uso secundario de múltiples bombas atómicas para despejar las playas de desembarco, sin tener en cuenta que habrían aniquilado a sus propias tropas de infantería.. Al proyectar estas lecciones sobre la actual convulsión geopolítica, MacGregor muestra una profunda preocupación por la expiración de los históricos pactos de no proliferación de armas y por la ausencia de líderes con experiencia directa en la devastación del siglo XX. ««Los hombres de Hiroshima» concluye evocando imágenes desgarradoras del cataclismo: en medio de un inframundo de cenizas y ruinas, donde sombras humanas ennegrecidas caminaban a ciegas entre los escombros, una madre en estado de shock deambulaba cargando sobre los hombros una barra con dos cubos de estiércol, en cuyo interior yacían los cuerpos sin vida de sus hijos pequeños.. 1 de 4. HIROSHIMA TRAS LA EXPLOSIÓN DE LA BOMBA ATÓMICA EN AGOSTO DE 1945. HIROSHIMA TRAS LA EXPLOSIÓN DE LA BOMBA ATÓMICA EN AGOSTO DE 1945.. El coronel PAUL TIBBITS DIJO «ADIÓS» ANTES DE DESPEGAR con su B-29 PARA LANZAR LA BOMBA SOBRE HIROSHIMA. El coronel PAUL TIBBITS se despidió diez veces antes de despegar con su B-29 para lanzar la bomba sobre Hiroshima.. El historiador Ian MacGregor. John Hersey en 1965 en la Universidad de Yale. John Hersey en 1965 en la Universidad de Yale.. La entrada «Los hombres de Hiroshima», relato de la bomba atómica a través de sus protagonistas, se publicó por primera vez en El Diario – Bolivia.

 

El 6 de agosto de 1945, un resplandor más intenso que el de la superficie del Sol transformó los cielos de Hiroshima en una fragua infernal. Una ráfaga cegadora provocada por la detonación de la bomba de uranio «Little Boy» expulsó de repente a 80 000 personas y condenó a otras muchas. . «La entrada», de El Diario – Bolivia, un relato sobre la bomba atómica a través de sus protagonistas, fue el primero en publicarse en El Diario – Bolivia.

  

Por Susana Gutiérrez. Fuente: El País. Un resplandor más intenso que el de la superficie del Sol convirtió el cielo de Hiroshima en una fragua infernal el 6 de agosto de 1945. La detonación de la bomba de uranio «Little Boy» desató una explosión cegadora que evaporó de repente a 80 000 seres humanos y condenó a decenas de miles más a una lenta agonía por la radiación. Al fuego de los «mil soles» —como lo describió J. Robert Oppenheimer evocó aludiendo al Bhagavad-gita— fue seguido por una oscuridad artificial: una gran columna con forma de hongo que sumió a la ciudad en las sombras y desató una lluvia tóxica de gotas negras de materia radiactiva sobre los supervivientes traumatizados.. Cinco rostros para un apocalipsis. En los 81 años transcurridos desde aquella hecatombe que cambió la historia de la humanidad, el reconocido historiador escocés Iain MacGregor, autor del aclamado *El faro de Stalingrado*, aborda el primer ataque nuclear desde una perspectiva profundamente humana y cinematográfica en su nueva obra *Los hombres de Hiroshima* (Book Attic, 2026). El volumen reconstruye el cataclismo a través del prisma de cinco figuras clave cuyos destinos y decisiones se convirtieron fatalmente en un desastre:. Robert Oppenheimer: un gran físico que dirigió el desarrollo científico del arma atómica en el laboratorio de Los Álamos.. Leslie Groves: general inflexible y cerebro logístico del Proyecto Manhattan, defensor implacable del uso de la fuerza nuclear.. La superfortaleza voladora B-29 «Enola Gay» fue pilotada y conducida por Paul Tibbets Jr. , un avión militar que se encargó de lanzar el artefacto letal. . John Hersey: un audaz corresponsal de guerra que reveló al mundo el horror oculto de la intoxicación por radiación. . Senkichi Awaya: alcalde de Hiroshima, un sensato administrador civil que pereció junto a su nieta de tres años bajo el epicentro de la explosión.. MacGregor explica que su objetivo principal era alejarse del ensayo académico árido y distante para estructurar la obra con la tensión narrativa de un guion cinematográfico, cautivando al lector a través de las pasiones, las contradicciones y los dilemas morales de sus protagonistas. Aunque el eje central gira en torno a este quinteto de hombres, la investigación recoge desgarradores testimonios de víctimas femeninas como Michiko Kodama. La hibakusha (afectada por la bomba), a la que se localizó cuando aún estaba en el colegio, recuerda el instante del impacto como un fuego indescriptible de tonos amarillos, naranjas y plateados, antes de deambular por un paisaje de pesadilla poblado por multitudes calcinadas que caminaban con la piel desprendida en tiras.. El alcalde vaporizado dos veces. Uno de los hallazgos más notables de la exhaustiva investigación de MacGregor es el rescate de la figura histórica de Senkichi Awaya, un personaje trágicamente relegado en su propio país. Devoto, cristiano, políglota y de modales eduardianos, Awaya mantuvo una peligrosa distancia respecto al feroz militarismo imperial japonés. Tras presenciar la brutal destrucción causada por el bombardeo incendiario convencional de Tokio, envió a su esposa a la aparente tranquilidad de Hiroshima, creyendo que allí estaría a salvo. Nunca se imaginó que los comandantes aliados habían dejado la ciudad intacta a propósito para evaluar con precisión el potencial destructivo de la bomba atómica. MacGregor señala con amargura cómo el líder local fue literalmente vaporizado dos veces: primero por la intensa detonación y luego por la amnesia de la memoria colectiva. . El texto también profundiza en los complejos aspectos logísticos y militares que hicieron posible la misión del Enola Gay. El artefacto «Little Boy», con sus 4 509 kilos de peso y 3, 6 metros de longitud, llevaba la estricta consigna de que el piloto nunca regresara a la base con la carga explosiva. Por otra parte, se analiza cómo John Hersey aplicó una técnica pionera de periodismo narrativo en red para su famoso reportaje en *The New Yorker* en agosto de 1946, sacudiendo la conciencia de la sociedad estadounidense al revelar las mentiras oficiales sobre los terribles efectos a largo plazo de las toxinas radiactivas.. El pragmatismo de la guerra total. Al examinar el debate moral en torno a la decisión del presidente Harry S. Truman, MacGregor invita al lector a situarse firmemente en las precarias circunstancias de 1945. Las sangrientas batallas de Iwo Jima y Okinawa, además del fanatismo por descifrar el codiciado código, permitieron predecir que la Operación Downfall (la invasión terrestre de Japón) costaría entre 400 000 y 800 000 vidas estadounidenses y entre 5 y 10 millones de bajas namibias. Para el presidente estadounidense, un antiguo oficial de artillería de la Primera Guerra Mundial, la bomba atómica no suponía un salto cualitativo hacia la inmoralidad, sino simplemente un proyectil devastador más dentro del marco de la guerra total.. Las encuestas realizadas a finales de agosto de 1945 revelaron que una abrumadora mayoría del 85 % de la población de Estados Unidos aprobaba sin reservas el lanzamiento de bombas nucleares. Esta postura social y política venía condicionada por una ignorancia generalizada: se estima que solo doscientas personas en todo el planeta comprendían realmente la naturaleza mortal de la contaminación radiactiva residual. Tal era la ignorancia táctica que el propio Departamento de Guerra contempló el uso secundario de múltiples bombas atómicas para despejar las playas de desembarco, sin tener en cuenta que habrían aniquilado a sus propias tropas de infantería.. Al proyectar estas lecciones sobre la actual convulsión geopolítica, MacGregor muestra una profunda preocupación por la expiración de los históricos pactos de no proliferación de armas y por la ausencia de líderes con experiencia directa en la devastación del siglo XX. «Los hombres de Hiroshima» concluye evocando imágenes desgarradoras del cataclismo: en medio de un inframundo de cenizas y ruinas, donde sombras humanas ennegrecidas caminaban a ciegas entre los escombros, una madre en estado de shock deambulaba cargando sobre los hombros una barra con dos cubos de estiércol, en cuyo interior yacían los cuerpos sin vida de sus hijos pequeños.. 1 de 4. HIROSHIMA TRAS LA EXPLOSIÓN DE LA BOMBA ATÓMICA EN AGOSTO DE 1945. HIROSHIMA TRAS LA EXPLOSIÓN DE LA BOMBA ATÓMICA EN AGOSTO DE 1945.. El coronel PAUL TIBBITS DIJO «ADIÓS» ANTES DE DESPEGAR con su B-29 PARA LANZAR LA BOMBA SOBRE HIROSHIMA. El coronel PAUL TIBBITS se despidió diez veces antes de despegar con su B-29 para lanzar la bomba sobre Hiroshima.. El historiador Ian MacGregor. John Hersey en 1965 en la Universidad de Yale. John Hersey en 1965 en la Universidad de Yale.. La entrada «Los hombres de Hiroshima», relato de la bomba atómica a través de sus protagonistas, se publicó por primera vez en El Diario – Bolivia.

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